Parecido no es lo mismo

Las grandes carreras, las excelsas personalidades, las buenas relaciones… se construyen a base de noes.

También los grandes proyectos.

Y sin embargo…

Lo difícil es aplicarlo.

Especialmente, cuando decir “no” significa perder una oportunidad, un cliente, dinero. Y lo que es peor, que lo gane la competencia.

Pero resulta que no hay más remedio.

Que el “sí” indiscriminado es un camino inexorable hacia la confusión entre la masa, hacia no destacar, hacia no ser bueno en nada.

Cuando, al fin y al cabo, todo el éxito, todo, radica en ser diferente.

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Bien como experiencia

“Bien como experiencia” es lo que te dice alguien a quien no ha gustado la experiencia, cuando cuenta con demasiadas barreras psicológicas para reconocerlo.

Y sin embargo…

Frecuentemente tendemos a tomar esa expresión como positiva.

Cuando lo cierto es que, si te lo dicen de un viaje o un restaurante, puedes anotarlo tranquilamente en la lista de noes.

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Pulsar un botón

Pedir una hamburguesa, enviar un e-mail, descartar en Tinder.

Es fácil darle a un botón.

Y sin embargo…

Hacerte una crema de verduras para comer, llamar por teléfono para entender, tomar un café para conocerse.

Cuando introduces el «para qué» resulta obvia la necesidad de dar un paso más.

Casi ninguna de las cosas que merecen la pena se consiguen pulsando un botón.

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Las razones de un hater

Un hater no aparece porque sí.

Siempre hay una razón detrás.

Las razones pueden bien clasificarse en dos grandes grupos.

Unas son las irracionales, las psicológicas. Tienen que ver con la frustración y con el ego. Suelen enraizarse en vidas incompletas, ausente autoestima,… la mala estrella de no haber podido ser lo que se quería ser. Y en que ahora molesta que otro sujeto esté satisfecho, haga algo distinto, funcione.

Las otras son de tipo racional. Son las del interés o el egoísmo. Tienen que ver con anteponer intereses espúreos, a menudo inconfesables por su mezquindad. Lo que se pone en marcha aquí no es el odio (como en el caso anterior), sino el miedo a ser desplazado.

Ambos grupos tienen algo en común: no hay un incentivo para desvelar las causas de forma transparente, con lo que existe un enorme riesgo de engancharse en la discusión sin llegar a ningún lado.

Y sin embargo…

Lo que en realidad funciona (a menudo mágicamente) es descubrir la razón última e ir a por ella.

Olvidar el insulto (nadie dice que sea fácil) y hablar sólo de lo que subyace. Deshacer el nudo.

No siempre funciona, pero frente al hater es nuestra única oportunidad.

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Es lo que parece

Cuando entrevistamos a alguien para contratarle, sucede que a menudo nos da una impresión muy clara sobre su personalidad.

Nos queda tan clara que nos cuesta creer que pueda ser un reflejo fiel de la realidad.

-No puede ser tan evidente- pensamos, ya sea buena la impresión, o muy mala.

Y sin embargo…

Lo difícil está en darse cuenta de que esa impresión, a menudo sí se corresponde sorprendentemente con la realidad.

Que, casi siempre, quien parece el candidato perfecto, lo es.

Que existen.

No hay truco.

A veces hay gente increíble que se presenta ante nosotros y eso es todo.

Fin de la búsqueda. Apretón de manos.

Y que, casi siempre, quien nos parece confundido o con tendencia a divagar, lo será siempre. Que por mucho que nos empeñemos, no cambiará, ni “ya aprenderá”. Al menos no en el poco tiempo del que disponemos.

Que a menudo se contrata por instinto es algo que pocas veces en público se reconoce.

Resulta tan cierto como que, en privado, es un hecho que a menudo se admite.

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A la pizarra

Es un instrumento mágico que lo cambia todo.

Aclara la mente de quien emite.

Y la de quien recibe.

Convierte el caos en orden.

Impide la divagación.

Resalta los errores como con luces de neón.

Es increíblemente coste-eficiente.

Es una de las razones principales para hacer reuniones.

Y sin embargo…

No hay suficientes pizarras a nuestro alrededor.

Llénalo todo de pizarras (y de rotuladores que funcionen). No te arrepentirás.

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Dinero o reputación

¿Cuánto te juegas cuando emprendes un proyecto?

¿10.000 euros? ¿20.000 quizá?

No es fácil ahorrarlos; duele perderlos.

Y sin embargo…

Lo que te juegas es mucho más.

Es tu prestigio.

Si estás pensando emprender, esto debería pesar en la balanza más que el dinero.

Y otro día hablaremos de los otros costes, como los años de tu vida empleados, renunciando por definición a muchos otros posibles caminos.

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Viva la burocracia

En tu hospital, en tu oficina, en tu fábrica.

En todos los lugares donde las personas interactúan con un fin común, incluir procedimientos ayuda a que todo funcione mejor.

El Responsable pasa un Documento al Supervisor, quien comprueba su Corrección y envía al Inspector para que Certifique… y así eternamente.

Mirando hacia adelante, los sistemas, los estándares, los protocolos son necesarios.

Reducen los errores. Mejoran la calidad.

Y sin embargo…

Constituyen lo que, mirando hacia atrás, llamamos burocracia.

Lo que nos enfada, nos desespera, nos enlentece.

La excusa para no innovar, no resolver, para no trabajar.

Los ministerios y las multinacionales enferman de procedimientos, quitando la libertad de acción a quienes podrían resolvernos los problemas.

Es como si gestionar, al fin y al cabo, no fuera mucho más que encontrar el equilibrio adecuado entre la laxitud y el orden, entre la autonomía y los procedimientos.

Entre la burocracia y su ausencia.

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Instinto básico

De manera aprendida, tendemos a pensar que la forma de tomar una decisión es siempre la de analizar previamente la situación y aplicar un modelo racional.

Esto es cierto siempre que controlemos exactamente los riesgos. Como en la lotería.

Y sin embargo…

Resulta que las investigaciones nos demuestran que hay multitud de escenarios (en Economía, en el amor, en la consulta del psiquiatra…) en los que no existe certeza sobre los riesgos y en los que, por tanto, no es posible contraponer un listado de pros y contras.

En esos casos, la mejor opción, la más racional, es actuar por instinto.

No es que lo dicte el corazón, tal cual nos cuenta un libro de autoayuda.

Es que, muy al contrario, podemos demostrar cómo en estos escenarios en los que “no sabes que no sabes” las actuaciones por intuición son de hecho las mejores disponibles para obtener un resultado correcto.

Ante la siguiente decisión cabe preguntarse si los riesgos (las probabilidades) son conocidas.

Si no lo son, usar la intuición será mucho más eficaz que poner en marcha un tranquilizador pero inútil razonamiento.

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El placer de renunciar

Pareciese que viviéramos una crisis que hubiera dado en el talón de Aquiles de la sociedad que hemos creado.

Una en la que jamás, en circunstancia alguna, pasamos por renunciar a nada.

No importa si mueren cientos o si son miles. O si el muerto es mi padre de 80 años.

Yo no me privo de la tradicional barbacoa con amigos, de ir al cine, de pasear por la playa.

«Para una vez que nos juntamos». Ahí tenemos un argumento más que suficiente.

¿Y si el argumento chirría?

Entonces podemos jugar a pretender ser héroes rebeldes en lucha contra un gobierno represor.

Como si además quisiéramos tener razón.

Como si la única verdadera razón no fuera el más absoluto de los egoísmos.

Construido concienzudamente. Selfie a selfie, viaje a viaje, gintonic a gintonic.

Y sin embargo…

Nuestra sociedad se da de bruces con la realidad por segunda vez. Por enésima.

Si no renunciamos, morimos.

Es aritmético, en forma de curva epidémica.

Y una oportunidad para aprender que renunciar puede ser algo inmenso.

Renunciar a salir para cuidar un bebé, a consumir para salvar un mar, a opinar para ser más sabios.

Gracias Carlos Buiza por tus constructivas conversaciones.

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