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El placer de renunciar

Pareciese que viviéramos una crisis que hubiera dado en el talón de Aquiles de la sociedad que hemos creado.

Una en la que jamás, en circunstancia alguna, pasamos por renunciar a nada.

No importa si mueren cientos o si son miles. O si el muerto es mi padre de 80 años.

Yo no me privo de la tradicional barbacoa con amigos, de ir al cine, de pasear por la playa.

«Para una vez que nos juntamos». Ahí tenemos un argumento más que suficiente.

¿Y si el argumento chirría?

Entonces podemos jugar a pretender ser héroes rebeldes en lucha contra un gobierno represor.

Como si además quisiéramos tener razón.

Como si la única verdadera razón no fuera el más absoluto de los egoísmos.

Construido concienzudamente. Selfie a selfie, viaje a viaje, gintonic a gintonic.

Y sin embargo…

Nuestra sociedad se da de bruces con la realidad por segunda vez. Por enésima.

Si no renunciamos, morimos.

Es aritmético, en forma de curva epidémica.

Y una oportunidad para aprender que renunciar puede ser algo inmenso.

Renunciar a salir para cuidar un bebé, a consumir para salvar un mar, a opinar para ser más sabios.

Gracias Carlos Buiza por tus constructivas conversaciones.

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