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Experiencia

Predomina un relato en el tiempo que nos ha tocado vivir (en los países desarrollados) por el cual asumimos una idea que se apega a nuestra sociedad con fuerza: cuantas más experiencias, mejor.

Más viajes

Más fiestas

Más series de televisión

Más conciertos

Más gastronomía

Más relaciones sexuales

Más redes sociales

Más experiencias, mejor. Ese es el mantra posterior a la aparición de la Seguridad Social -una vez la supervivencia está asegurada, podemos pasar a preocuparnos por estas cosas-.

Y existe sin embargo una sensación íntima y personal, por la cual la acumulación de vivencias en realidad no nos satisface. Al contrario, lejos de hacernos más felices, nos genera un extenuante estrés dirigido siempre hacia el siguiente estímulo.

En los últimos años, abunda la evidencia psicológica que viene a demostrarnos que el ser humano está hecho para los detalles pequeños y cotidianos. Que nos sentimos más satisfechos en el disfrute sosegado de una vida en comunidad, incluso con los sacrificios que ello conlleva.

Las personas que generosamente cuidan parejas, ancianos, animales, niños o plantas son más felices que las que viven en la eterna huida hacia adelante del próximo gran apunte de adrenalina.

Conviene pararse un momento a recordar al cordobés Séneca, cuando con sabiduría universal nos dejó con una magnífica idea, hoy también aplicable: “La felicidad verdadera es serena”.

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