en Reflexiones

Felices para siempre

La psicología social ha venido estudiando qué nos hace o no felices. Los resultados son llamativos.

Resulta que cuando se le pide a alguien a quien acaba de tocarle la lotería que prediga cómo de feliz cree que será pasado un tiempo, informa, naturalmente, que lo será muchísimo. Su predicción es sin embargo falsa, porque la intuición le engaña al hacerle olvidar que durante todo ese tiempo que está por venir, también tendrá peleas con su pareja, dolores en la rodilla, atascos en el coche,… y en definitiva todas esas cosas que hacen que la vida no sea tan placentera, sea cual sea el poder adquisitivo con el que se cuenta.

De manera especular, las personas que han vivido una tragedia, como puede ser la pérdida de un joven ser querido, pronostican que serán enormemente infelices. Y adivinen: tampoco aciertan. Por devastador y triste que sea el suceso, obvian que en los años venideros también disfrutarán, de una forma u otra, de acariciar a su gato o de tomar un café con una amiga; las pequeñas cosas que, juntas, hacen que la vida sea algo que merece la pena.

El asunto va más lejos. Como lo disfrutado es el resultado de restarle lo obtenido a lo esperado, las expectativas del inicialmente afortunado están tan altas que en la práctica costará mucho que esté satisfecho con algo. Y exactamente lo contrario le ocurrirá a quien le amputaron una pierna, quien, pone sus expectativas tan bajas, que finalmente acaba descubriendo que su vida es mejor de lo que él hubiese anticipado.

Lo más interesante está en que no podemos juzgar qué hace felices a otros ni tenemos por qué necesariamente sentirnos empáticamente mal por alguien que lleva una vida que a nosotros no nos haría felices. ¡Es relativamente probable que a él o ella sí le haga feliz!

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