Felices para siempre

La psicología social ha venido estudiando qué nos hace o no felices. Los resultados son llamativos.

Resulta que cuando se le pide a alguien a quien acaba de tocarle la lotería que prediga cómo de feliz cree que será pasado un tiempo, informa, naturalmente, que lo será muchísimo. Su predicción es sin embargo falsa, porque la intuición le engaña al hacerle olvidar que durante todo ese tiempo que está por venir, también tendrá peleas con su pareja, dolores en la rodilla, atascos en el coche,… y en definitiva todas esas cosas que hacen que la vida no sea tan placentera, sea cual sea el poder adquisitivo con el que se cuenta.

De manera especular, las personas que han vivido una tragedia, como puede ser la pérdida de un joven ser querido, pronostican que serán enormemente infelices. Y adivinen: tampoco aciertan. Por devastador y triste que sea el suceso, obvian que en los años venideros también disfrutarán, de una forma u otra, de acariciar a su gato o de tomar un café con una amiga; las pequeñas cosas que, juntas, hacen que la vida sea algo que merece la pena.

El asunto va más lejos. Como lo disfrutado es el resultado de restarle lo obtenido a lo esperado, las expectativas del inicialmente afortunado están tan altas que en la práctica costará mucho que esté satisfecho con algo. Y exactamente lo contrario le ocurrirá a quien le amputaron una pierna, quien, pone sus expectativas tan bajas, que finalmente acaba descubriendo que su vida es mejor de lo que él hubiese anticipado.

Lo más interesante está en que no podemos juzgar qué hace felices a otros ni tenemos por qué necesariamente sentirnos empáticamente mal por alguien que lleva una vida que a nosotros no nos haría felices. ¡Es relativamente probable que a él o ella sí le haga feliz!

Entrevistas con Freud

  • Si fueras un animal, ¿cuál sería?
  • ¿Con quién te irías a una isla desierta?
  • ¿Cortarías el cable rojo o el azul?

Cuando entrevistamos a un candidato, puede resultar tentador aprovechar la ilusoria situación de poder para hacer todo tipo de preguntas sofisticadas, sorprendentes e intrigantes.

Como si nuestras naturales capacidades psicológicas nos permitieran descubrir facetas ocultas del entrevistado que nos permitiesen contratar mejor.

Jugando además con la ventaja injusta de que nadie puede juzgar si las preguntas son adecuadas o no, ya que sólo nuestra supuesta fascinante inteligencia emocional guarda el secreto sobre la razón de nuestras perspicaces indagaciones.

Y sin embargo…

Es una farsa.

Porque esas preguntas no sirven para conocer lo único que nos importa, que es si el candidato va a cumplir con los objetivos laborales para los que se le contrata.

Además de elementos obvios, como saludar y dejar tiempo para que el candidato haga preguntas, una entrevista de trabajo debería contener:

  • Un pequeño fragmento de tiempo dedicado a medir la pasión y la ambición, para lo cual una buena pregunta es “¿cuáles son tu pasión y tu ambición?”
  • Un pequeño fragmento de tiempo dedicado a interrogar sobre sus puntos fuertes y débiles, siempre con ejemplos concretos y con la posibilidad de comprobarlos con su empleador previo
  • Un gran fragmento de tiempo a incidir en situaciones previas en las que el candidato fue capaz de cumplir con objetivos similares a los que nos ocupan

Salirse del guion para creernos Freud no solo no es ético.

Además, es una trampa.

Porque el principal perjudicado de una mala entrevista de trabajo es el entrevistador.

Fortaleza y debilidad

Es un excelente cirujano pero un desastre como gestor.

O es buenísimo con los números, aunque muy antipático.

O un comunicador inspirador, si bien terrible organizando equipos.

Todos tenemos unas pocas fortalezas, una mayoría de intermedios y unas cuantas debilidades.

Y sin embargo…

Tanto si buscamos músicos como banqueros o esteticistas, lo que queremos son fortalezas.

Aunque sea fácil dejarse deslumbrar por una debilidad muy evidente, nosotros buscamos a quien que haga bien algo concreto.

Porque es sobre la fortaleza sobre lo que se construye.

El hilo del que tirar.

¿Buscas un buen comercial? Entonces quédate con el buen comercial.

Ya habrá tiempo de sentarse a mejorar todo lo no imprescindible.

Tolerante a fallos

Los equipos de baloncesto, las abuelas y los semáforos, todos ellos son imperfectos.

Aunque vivamos inmersos en una ilusión de totalidad (funciona/no funciona), en realidad todo lo que sí funciona lo hace hasta un punto.

Son inevitables lo imprevisible, el error, la mala suerte.

Y sin embargo…

Tenemos la posibilidad de organizar las ciudades, los programas informáticos y las agendas de tal forma que, cuando fallen, las consecuencias sean aceptables.

No es tener sistemas perfectos.

Es tener sistemas tolerantes a fallos.

El siguiente nivel

Problemas con tu hijo, con la tarjeta de embarque, con el trabajo, con tu lesión, con el mando de la tele, con tu pareja.

Todos ellos existen.

Y sin embargo…

El problema que te genera tu hijo deriva de haber cumplido tu deseo de ser padre.

El problema con la televisión existe precisamente porque tienes la televisión que querías tener.

El problema con la tarjeta de embarque viene de estar haciendo el viaje que querías.

El problema en tu trabajo es lo que sigue a estar trabajando en lo que querías cuando estudiabas.

El problema con tu pareja es la consecuencia de haber encontrado el amor que buscabas.

El problema con tu rodilla se manifiesta porque estás subiendo esa montaña, tal como querías hacer.

Nuestros problemas son el resultado de la consecución de nuestros objetivos, de nuestros sueños.

Un nuevo logro, nuevos problemas.

O sea, vivir.

Llamen a un médico

Casi siempre escribo los micro posts semanas o meses antes de publicarlos. Éste lo escribí antes de saber que venía una pandemia y que aplaudiríamos en los balcones.

Los médicos que nos atienden en Urgencias hacen turnos de 24 horas seguidas. Si la guardia sucede en un día en que el hospital está saturado, pueden llegar a dormir 0 minutos en todo ese tiempo. En esas horas, generalmente deshidratados y con las piernas doloridas, deben atender docenas de pacientes, con sus explicaciones, sus pruebas y sus tratamientos. A menudo certificando alguna muerte, operando a alguien o medicando un ataque epiléptico.

Aunque con frecuencia sentirán miedo al error, así como irritabilidad por el cansancio, muy raramente perderán la calma, ya que la situación en la que se encuentran no se lo permitirá.

No será raro que, terminadas las 24 horas, enlacen con su turno normal y lleguen a encadenar 35 horas seguidas atendiendo pacientes y a menudo sin dormir.

Y sin embargo…

Acudir a Urgencias es un hecho muy desagradable. Las largas horas de espera se suman a la angustia de la incertidumbre. Puede que no lo sepamos, pero en esos momentos lo que más deseamos es tener a un médico que esté satisfecho con lo que está haciendo, de tal forma que se sienta razonablemente cómodo ante el hecho de estar ofreciéndonos su ayuda en un momento tan crucial.

Para contribuir a ese ambiente, tan beneficioso para todas las partes, una buena idea puede consistir en comprender la situación y recordar, en ese preciso instante, que las condiciones físicas y mentales en las que se encuentra quien nos atiende no son en absoluto las ideales.

En nuestra sociedad, la profesionalidad es exigible, pero también lo es la empatía.

Costes hundidos

Imagínate que sales a comprar algo a la tienda que está a diez minutos y a mitad de camino te das cuenta de que has olvidado la cartera.

Y en ese momento en que eres consciente de que no vas a poder pagar, decides continuar igualmente hasta la tienda porque «ya has gastado cinco minutos y no merece la pena dar la vuelta».

Esta reducci´ón al absurdo evidencia con sencillez que los denominados «costes hundidos» son eso, hundidos. Irreparables. Y que lo único racional es dejarlos ir, saliendo cuanto antes del error para no seguir incurriendo en más costes inútiles, como recorrer los restantes cinco minutos hasta la tienda si no vamos a poder comprar nada.

Y sin embargo…

Aunque increíble, vivimos inmersos en multitud de situaciones diarias en las que resulta mucho menos fácil de intuir la contradicción en la que caemos cuando perseveramos en decisiones erróneas sólo porque «total, ya hemos llegado hasta aquí».

Vacaciones que terminamos aunque no las estemos disfrutando, relaciones románticas que hace tiempo que dejaron de hacernos felices, excursiones a la montaña eclipsadas por otra comida en el italiano del barrio.

Amigos a los que continuamos llamando aunque desde hace años ya no fluya la confianza, operadores de teléfono más caros de lo debido y clases de guitarra a las que no nos apuntamos porque no lo hicimos desde pequeños.

Blogs que no empezamos aunque nos guste escribir porque «ya hay muchos», trabajos que nos sumen en la mediocridad y conversaciones pendientes con nuestros padres sobre lo que pensamos de ellos.

Costes hundidos.

Costes ante los que siempre es el momento de parar, reconocer el error como un parte necesaria de la vida y entender que cada día, con la nueva información, es siempre el mejor momento para decidir de nuevo.

La comprensión de un hecho sutil pero crítico:

Las buenas decisiones son en realidad poco más que la capacidad para obviar nuestros costes hundidos.

Suma y sigue

Los 5.000 euros de diferencia en la hipoteca son igual de importantes que los que ahorras, céntimo a céntimo, comprando la leche de oferta.

Y sin embargo…

La diferencia está en que los 5.000 euros de la casa vuelan en una sola decisión, mientras que los del supermercado, requieren un constante esfuerzo a lo largo de años.

Nada más humanamente irracional que prestar la misma atención a las cantidades pequeñas que a las grandes.

Puesto a tener una estrategia económica para la vida, o a pactar con tu pareja, es mucho más interesante y menos cansado esforzarse por ahorrar en el coche y relajarse con el café.

Siguiendo el destino

Por todas partes está escrito lo que debemos hacer.

En el programa de fiestas del pueblo.

En el manual de instrucciones de la secadora.

En el anuncio del periódico de ayer.

En la guía de viajes de Venecia.

En el programa del partido de izquierdas o de derechas.

En el programa de estudios del máster.

Etcétera.

Y sin embargo…

Las vidas que admiramos nunca son las de los que cumplieron lo escrito.

Sino las de quienes siguieron su destino.

Entonces, ¿por qué no ser uno de ellos?

En los extremos

Allí donde rozan las disciplinas.

Lejos del core.

Donde están los raros.

Las personas raras.

Y también las ideas raras.

Allí sucede el cambio.

Y sin embargo…

A veces prescindimos de los raros, sean personas o ideas.

Porque nos incomodan.

Olvidando que siempre han sido los raros los que han tenido la llave del cambio.

Que la innovación sucede en los extremos.