Lengua franca

Los ingenieros resultan admirables.

Especialmente por su cosas de ingenieros, como:

  • fragmentar problemas grandes en problemas pequeños
  • priorizar
  • transformar intenciones en proyectos
  • transformar ideas en herramientas

Y sin embargo…

No basta con ingenieros.

La innovación ocurre en los extremos, donde rozan las disciplinas.

La innovación no se produce en el núcleo de las organizaciones porque los núcleos tienden a ser estables y conservadores.

Es en los límites donde se produce el cambio.

Por es tan difícil ver, por ejemplo, empresas de salud digital exitosas.

Porque los lenguajes de la Medicina y la Ingeniería están muy separados y rara vez llegan a entenderse de verdad.

Cuando las start ups médicas fracasan, básicamente fallan en encontrar el equilibrio entre el mundo «bio» y el mundo «datos».

Para que funcionen hay que crear una especie de «organización límite». En la que la gente esté de acuerdo en vivir al límite de su especialidad, para poder hablar con el «otro».

Se necesita un lenguaje común. Un lenguaje de procesos, etapas y herramientas.

Una lengua franca.

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Regalos caros

Antes de regalar algo caro, podemos plantearnos si la persona que va a recibirlo será más feliz con ello.

Porque, aunque no le ocurre a todo el mundo, algunas personas sufren ante la posibilidad, por ejemplo, de perder los objetos valiosos.

Otras, simplemente se sienten más satisfechas en la austeridad o no sienten interés por lo material.

Y sin embargo…

Esta idea no siempre está en el proceso.

Antes de comprar, piensa en él o ella… o mejor, piensa como él o ella.

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Daño necesario

Si te conocen cuando tu proyecto aún está inmaduro, siempre tendrán una mala imagen de ti.

Incluso aunque mejores, la primera impresión habrá quedado indeleble y nunca te respetarán como deben hacer los buenos clientes.

Tu marca, de cara a ellos, estará dañada para siempre.

Y sin embargo…

Resulta fundamental aprender con casos de verdad.

Por lo que ese daño es un peaje necesario.

Con unos pocos, aunque contraintuitivo, resulta necesario dañar la marca.

Lo que estás construyendo bien merece ese incómodo sacrificio.

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Caballos más rápidos

Es bien conocida la cita por la que Ford afirmaba que «si hubiese preguntado a mis clientes qué querían me habrían dicho que un caballo más rápido».

O algo así.

Esta frase, famosa entre los innovadores, nos enseña que a veces son necesarios los saltos en el nivel de abstracción.

Es decir, que no vale con hacer lo mismo de otra forma, sino que hay que hacer cosas distintas.

Y sin embargo…

Resulta un camino arduo.

Porque el lenguaje de los visionarios es uno que nadie entiende durante largo tiempo.

O dicho de otra forma.

Porque en cada momento dado, tu innovación está limitada por la comprensión que tiene de ésta quien debe pagar por ella.

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Nunca gratis

«Como es la primera vez que lo haces, házmelo gratis y así luego podrás vendérselo a otros.»

Ésta es la frase que oyen todos los que están empezando.

Y sí es razonable que, a quien se atreve a probar nuestra innovación, le hagamos un trato muy especial.

Puede ser el precio o también puede ser un servicio extra durante mucho tiempo.

O mil cosas más.

Y sin embargo…

Gratis no. Nunca.

Porque es un error.

Porque si lo damos gratis nunca nos tomarán en serio.

Y porque si no cobramos, aunque sea poco, nunca sabremos si otros querrán pagar por ello en el futuro y por tanto no sabremos si el proyecto o la actividad es viable.

Y sobre todo porque lo que hacemos tiene un valor.

Y, al menos en nuestro sistema, es adecuado que si tiene un valor tenga también un precio.

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Me importa lo que te suceda

«Me importa lo que te suceda.»

No te bombardeo con mil posibles soluciones.

Ni te animo a que no hagas tanto drama de ello.

Ni mucho menos miro a la pantalla del ordenador haciendo como que no pasa nada.

No me escondo.

Y hago porque sepas que te veo cuando sufres.

Al mismo tiempo que ambos sabemos que no soy la solución.

Y sin embargo…

Mi poder para ayudarte es grande como el universo.

Basta con decirte una sola cosa.

«Me importa lo que te suceda.»

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El engaño de Platón

Si la ciencia no nos enseñara que al sonreir, aunque sea sin ganas, necesariamente nos acabamos sintiendo mejor.

Si las relaciones sexuales no produjeran oxitocina, que nos llevara a generar un inevitable afecto hacia la pareja sexual, por poco que nos interese.

Si al correr por el parque no nos pareciera todo más optimista, más alegre y más vivo.

Si tras una noche de alcohol, no fuera habitual la depresión por haber empleado demasiado rápido nuestras reservas de serotonina.

Si el llanto de un bebé no activara la secreción de leche en la madre a metros de distancia.

Si todo eso y mucho más fuera cierto, entonces mente y cuerpo serían cosas separadas.

Y sin embargo…

Aunque Platón nos engañara durante dos mil años, mente y cuerpo son uno.

Actuemos en consecuencia.

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Montar la fábrica

Imagina tu trabajo en una fábrica.

¿Qué has imaginado?

Puede que te hayas visualizado en una cadena de montaje.

O quizá la hayas visto desde arriba, desde «la caseta del jefe».

Es posible que te estuvieras encargando de arreglar una máquina.

¿Diseñando una máquina nueva?

¿Estabas acaso montando la fábrica?

Hay personas que prefieren trabajar en una fábrica que ya existe.

Son excelentes cumpliendo los procesos y mejorándolos de tanto en tanto.

Les gusta saber que las piezas salen todos los días y que hacen mejor la vida de la gente.

Ellos cumplen y eso resulta fundamental.

Y sin embargo…

Tendemos a olvidar que hay personas que prefieren montar la fábrica.

A pesar de lo duro que resulta empezar desde un solar vacío.

Aunque no sepan si la producción saldrá algún día o no.

Aunque tengan que inventar en su cabeza dónde irá cada pieza.

Conviene saber con qué personas querremos contar en cada tramo de nuestro camino.

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El tiempo y el miedo

Casi ninguno de nosotros teníamos miedo a volar cuando lo hacíamos de niños.

De igual forma que, ya de adolescentes, no teníamos miedo a saltar al agua desde el acantilado.

O como, a los dieciocho, no nos daba miedo conducir por la autovía por primera vez.

Y por suerte al joven emprendedor no le da miedo lanzar una empresa imposible.

Como el joven actor sale a menudo con un desparpajo imposible al escenario en su primera función.

Y sin embargo…

Con el paso de los años nuestra perspectiva del riesgo cambia.

Con cada vuelo, algunos tenemos más miedo, porque pensamos en todos los accidentes aéreos de los últimos años. O simplemente porque somos conscientes de la idea tan descabellada que representa estar en el aire en una máquina a cientos de metros.

No nos atrevemos a saltar al mar desde la altura porque pensamos en ese caso de quien quedó accidentado para siempre.

Cuando alguien querido tiene que viajar, sentimos un pequeño nudo en el estómago que no desparece hasta que llega el esperado mensaje: «Ya he llegado. Te quiero»

El emprendedor con una idea que cambiará el mundo (todos los emprendedores creen tener una idea que cambiará el mundo porque esto es lo que los define), piensa más que antes en los competidores y en los riesgos económicos.

Y el actor gana respeto al público sólo para descubrir que es más inseguro que nunca.

Conviene recordar que el miedo es también una variable dependiente del paso del tiempo.

Porque la ausencia de miedo es en parte consecuencia de la ignorancia, como la sabiduría es, si hemos hecho las cosas bien, una consecuencia del tiempo.

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Vivencial

Coronar un ocho mil, ser padre, tener acné.

Vivencial quiere decir que se experimenta.

O dicho de otra forma, que no podemos entender qué se siente si no lo hemos vivido.

Y sin embargo…

A menudo nos comportamos como si pudiésemos saber que siente el que sí lo ha vivido.

Estudiar una oposición, bailar flamenco, padecer lumbalgias.

Asumir que no podemos conocer lo que no hemos experimentado es un excelente puente hacia la colaboración, la comprensión y la compasión.

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