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Costes hundidos

Imagínate que sales a comprar algo a la tienda que está a diez minutos y a mitad de camino te das cuenta de que has olvidado la cartera.

Y en ese momento en que eres consciente de que no vas a poder pagar, decides continuar igualmente hasta la tienda porque «ya has gastado cinco minutos y no merece la pena dar la vuelta».

Esta reducci´ón al absurdo evidencia con sencillez que los denominados «costes hundidos» son eso, hundidos. Irreparables. Y que lo único racional es dejarlos ir, saliendo cuanto antes del error para no seguir incurriendo en más costes inútiles, como recorrer los restantes cinco minutos hasta la tienda si no vamos a poder comprar nada.

Y sin embargo…

Aunque increíble, vivimos inmersos en multitud de situaciones diarias en las que resulta mucho menos fácil de intuir la contradicción en la que caemos cuando perseveramos en decisiones erróneas sólo porque «total, ya hemos llegado hasta aquí».

Vacaciones que terminamos aunque no las estemos disfrutando, relaciones románticas que hace tiempo que dejaron de hacernos felices, excursiones a la montaña eclipsadas por otra comida en el italiano del barrio.

Amigos a los que continuamos llamando aunque desde hace años ya no fluya la confianza, operadores de teléfono más caros de lo debido y clases de guitarra a las que no nos apuntamos porque no lo hicimos desde pequeños.

Blogs que no empezamos aunque nos guste escribir porque «ya hay muchos», trabajos que nos sumen en la mediocridad y conversaciones pendientes con nuestros padres sobre lo que pensamos de ellos.

Costes hundidos.

Costes ante los que siempre es el momento de parar, reconocer el error como un parte necesaria de la vida y entender que cada día, con la nueva información, es siempre el mejor momento para decidir de nuevo.

La comprensión de un hecho sutil pero crítico:

Las buenas decisiones son en realidad poco más que la capacidad para obviar nuestros costes hundidos.