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Todo hecho tiene su contrario. Y toda opinión tiene su revés. Y todo deseo tiene su contención. Esto y, sin embargo, lo otro. De eso trata este blog. De lo que sabemos que funciona pero no hacemos. De lo que nos gusta pero no perseguimos. De lo que podría ser pero aún no vemos. De donde podríamos ir aunque nos quedemos. De quienes queremos ser, pero no somos. Con la esperanza de que quizá, algún día, despertemos.
Con un aviso. En muchos casos no tendré razón… ni será mi intención tenerla; son sólo microlecciones que aprendo y comparto en un lenguaje ligero ante la ilusionante posibilidad de que a alguien le resulten de ayuda.

Felices para siempre

La psicología social ha venido estudiando qué nos hace o no felices. Los resultados son llamativos.

Resulta que cuando se le pide a alguien a quien acaba de tocarle la lotería que prediga cómo de feliz cree que será pasado un tiempo, informa, naturalmente, que lo será muchísimo. Su predicción es sin embargo falsa, porque la intuición le engaña al hacerle olvidar que durante todo ese tiempo que está por venir, también tendrá peleas con su pareja, dolores en la rodilla, atascos en el coche,… y en definitiva todas esas cosas que hacen que la vida no sea tan placentera, sea cual sea el poder adquisitivo con el que se cuenta.

De manera especular, las personas que han vivido una tragedia, como puede ser la pérdida de un joven ser querido, pronostican que serán enormemente infelices. Y adivinen: tampoco aciertan. Por devastador y triste que sea el suceso, obvian que en los años venideros también disfrutarán, de una forma u otra, de acariciar a su gato o de tomar un café con una amiga; las pequeñas cosas que, juntas, hacen que la vida sea algo que merece la pena.

El asunto va más lejos. Como lo disfrutado es el resultado de restarle lo obtenido a lo esperado, las expectativas del inicialmente afortunado están tan altas que en la práctica costará mucho que esté satisfecho con algo. Y exactamente lo contrario le ocurrirá a quien le amputaron una pierna, quien, pone sus expectativas tan bajas, que finalmente acaba descubriendo que su vida es mejor de lo que él hubiese anticipado.

Lo más interesante está en que no podemos juzgar qué hace felices a otros ni tenemos por qué necesariamente sentirnos empáticamente mal por alguien que lleva una vida que a nosotros no nos haría felices. ¡Es relativamente probable que a él o ella sí le haga feliz!

Entrevistas con Freud

  • Si fueras un animal, ¿cuál sería?
  • ¿Con quién te irías a una isla desierta?
  • ¿Cortarías el cable rojo o el azul?

Cuando entrevistamos a un candidato, puede resultar tentador aprovechar la ilusoria situación de poder para hacer todo tipo de preguntas sofisticadas, sorprendentes e intrigantes.

Como si nuestras naturales capacidades psicológicas nos permitieran descubrir facetas ocultas del entrevistado que nos permitiesen contratar mejor.

Jugando además con la ventaja injusta de que nadie puede juzgar si las preguntas son adecuadas o no, ya que sólo nuestra supuesta fascinante inteligencia emocional guarda el secreto sobre la razón de nuestras perspicaces indagaciones.

Y sin embargo…

Es una farsa.

Porque esas preguntas no sirven para conocer lo único que nos importa, que es si el candidato va a cumplir con los objetivos laborales para los que se le contrata.

Además de elementos obvios, como saludar y dejar tiempo para que el candidato haga preguntas, una entrevista de trabajo debería contener:

  • Un pequeño fragmento de tiempo dedicado a medir la pasión y la ambición, para lo cual una buena pregunta es “¿cuáles son tu pasión y tu ambición?”
  • Un pequeño fragmento de tiempo dedicado a interrogar sobre sus puntos fuertes y débiles, siempre con ejemplos concretos y con la posibilidad de comprobarlos con su empleador previo
  • Un gran fragmento de tiempo a incidir en situaciones previas en las que el candidato fue capaz de cumplir con objetivos similares a los que nos ocupan

Salirse del guion para creernos Freud no solo no es ético.

Además, es una trampa.

Porque el principal perjudicado de una mala entrevista de trabajo es el entrevistador.

Fortaleza y debilidad

Es un excelente cirujano pero un desastre como gestor.

O es buenísimo con los números, aunque muy antipático.

O un comunicador inspirador, si bien terrible organizando equipos.

Todos tenemos unas pocas fortalezas, una mayoría de intermedios y unas cuantas debilidades.

Y sin embargo…

Tanto si buscamos músicos como banqueros o esteticistas, lo que queremos son fortalezas.

Aunque sea fácil dejarse deslumbrar por una debilidad muy evidente, nosotros buscamos a quien que haga bien algo concreto.

Porque es sobre la fortaleza sobre lo que se construye.

El hilo del que tirar.

¿Buscas un buen comercial? Entonces quédate con el buen comercial.

Ya habrá tiempo de sentarse a mejorar todo lo no imprescindible.

Tolerante a fallos

Los equipos de baloncesto, las abuelas y los semáforos, todos ellos son imperfectos.

Aunque vivamos inmersos en una ilusión de totalidad (funciona/no funciona), en realidad todo lo que sí funciona lo hace hasta un punto.

Son inevitables lo imprevisible, el error, la mala suerte.

Y sin embargo…

Tenemos la posibilidad de organizar las ciudades, los programas informáticos y las agendas de tal forma que, cuando fallen, las consecuencias sean aceptables.

No es tener sistemas perfectos.

Es tener sistemas tolerantes a fallos.

El siguiente nivel

Problemas con tu hijo, con la tarjeta de embarque, con el trabajo, con tu lesión, con el mando de la tele, con tu pareja.

Todos ellos existen.

Y sin embargo…

El problema que te genera tu hijo deriva de haber cumplido tu deseo de ser padre.

El problema con la televisión existe precisamente porque tienes la televisión que querías tener.

El problema con la tarjeta de embarque viene de estar haciendo el viaje que querías.

El problema en tu trabajo es lo que sigue a estar trabajando en lo que querías cuando estudiabas.

El problema con tu pareja es la consecuencia de haber encontrado el amor que buscabas.

El problema con tu rodilla se manifiesta porque estás subiendo esa montaña, tal como querías hacer.

Nuestros problemas son el resultado de la consecución de nuestros objetivos, de nuestros sueños.

Un nuevo logro, nuevos problemas.

O sea, vivir.

Llamen a un médico

Casi siempre escribo los micro posts semanas o meses antes de publicarlos. Éste lo escribí antes de saber que venía una pandemia y que aplaudiríamos en los balcones.

Los médicos que nos atienden en Urgencias hacen turnos de 24 horas seguidas. Si la guardia sucede en un día en que el hospital está saturado, pueden llegar a dormir 0 minutos en todo ese tiempo. En esas horas, generalmente deshidratados y con las piernas doloridas, deben atender docenas de pacientes, con sus explicaciones, sus pruebas y sus tratamientos. A menudo certificando alguna muerte, operando a alguien o medicando un ataque epiléptico.

Aunque con frecuencia sentirán miedo al error, así como irritabilidad por el cansancio, muy raramente perderán la calma, ya que la situación en la que se encuentran no se lo permitirá.

No será raro que, terminadas las 24 horas, enlacen con su turno normal y lleguen a encadenar 35 horas seguidas atendiendo pacientes y a menudo sin dormir.

Y sin embargo…

Acudir a Urgencias es un hecho muy desagradable. Las largas horas de espera se suman a la angustia de la incertidumbre. Puede que no lo sepamos, pero en esos momentos lo que más deseamos es tener a un médico que esté satisfecho con lo que está haciendo, de tal forma que se sienta razonablemente cómodo ante el hecho de estar ofreciéndonos su ayuda en un momento tan crucial.

Para contribuir a ese ambiente, tan beneficioso para todas las partes, una buena idea puede consistir en comprender la situación y recordar, en ese preciso instante, que las condiciones físicas y mentales en las que se encuentra quien nos atiende no son en absoluto las ideales.

En nuestra sociedad, la profesionalidad es exigible, pero también lo es la empatía.

Costes hundidos

Imagínate que sales a comprar algo a la tienda que está a diez minutos y a mitad de camino te das cuenta de que has olvidado la cartera.

Y en ese momento en que eres consciente de que no vas a poder pagar, decides continuar igualmente hasta la tienda porque «ya has gastado cinco minutos y no merece la pena dar la vuelta».

Esta reducci´ón al absurdo evidencia con sencillez que los denominados «costes hundidos» son eso, hundidos. Irreparables. Y que lo único racional es dejarlos ir, saliendo cuanto antes del error para no seguir incurriendo en más costes inútiles, como recorrer los restantes cinco minutos hasta la tienda si no vamos a poder comprar nada.

Y sin embargo…

Aunque increíble, vivimos inmersos en multitud de situaciones diarias en las que resulta mucho menos fácil de intuir la contradicción en la que caemos cuando perseveramos en decisiones erróneas sólo porque «total, ya hemos llegado hasta aquí».

Vacaciones que terminamos aunque no las estemos disfrutando, relaciones románticas que hace tiempo que dejaron de hacernos felices, excursiones a la montaña eclipsadas por otra comida en el italiano del barrio.

Amigos a los que continuamos llamando aunque desde hace años ya no fluya la confianza, operadores de teléfono más caros de lo debido y clases de guitarra a las que no nos apuntamos porque no lo hicimos desde pequeños.

Blogs que no empezamos aunque nos guste escribir porque «ya hay muchos», trabajos que nos sumen en la mediocridad y conversaciones pendientes con nuestros padres sobre lo que pensamos de ellos.

Costes hundidos.

Costes ante los que siempre es el momento de parar, reconocer el error como un parte necesaria de la vida y entender que cada día, con la nueva información, es siempre el mejor momento para decidir de nuevo.

La comprensión de un hecho sutil pero crítico:

Las buenas decisiones son en realidad poco más que la capacidad para obviar nuestros costes hundidos.

Suma y sigue

Los 5.000 euros de diferencia en la hipoteca son igual de importantes que los que ahorras, céntimo a céntimo, comprando la leche de oferta.

Y sin embargo…

La diferencia está en que los 5.000 euros de la casa vuelan en una sola decisión, mientras que los del supermercado, requieren un constante esfuerzo a lo largo de años.

Nada más humanamente irracional que prestar la misma atención a las cantidades pequeñas que a las grandes.

Puesto a tener una estrategia económica para la vida, o a pactar con tu pareja, es mucho más interesante y menos cansado esforzarse por ahorrar en el coche y relajarse con el café.

Siguiendo el destino

Por todas partes está escrito lo que debemos hacer.

En el programa de fiestas del pueblo.

En el manual de instrucciones de la secadora.

En el anuncio del periódico de ayer.

En la guía de viajes de Venecia.

En el programa del partido de izquierdas o de derechas.

En el programa de estudios del máster.

Etcétera.

Y sin embargo…

Las vidas que admiramos nunca son las de los que cumplieron lo escrito.

Sino las de quienes siguieron su destino.

Entonces, ¿por qué no ser uno de ellos?

En los extremos

Allí donde rozan las disciplinas.

Lejos del core.

Donde están los raros.

Las personas raras.

Y también las ideas raras.

Allí sucede el cambio.

Y sin embargo…

A veces prescindimos de los raros, sean personas o ideas.

Porque nos incomodan.

Olvidando que siempre han sido los raros los que han tenido la llave del cambio.

Que la innovación sucede en los extremos.

No puedes gustarles a todos

Hay gente a la que no le gustan los Beatles, pasear por la montaña o la ensaladilla rusa.

Incluso hay gente a la que no le gusta viajar en tren, Star Wars o Sevilla.

Es increíble, pero cierto.

Y nos deja una lección: incluso aunque fueras absolutamente perfecto, siempre va a haber personas a las que no gustes.

No puedes gustar a todos.

Es algo que ya sabes y que te esfuerzas en aprender ante cada rechazo.

Está en todos los libros de autoayuda.

Y sin embargo…

Lo interesante y menos obvio está en que no hace falta gustar a todos.

No es necesario para el amor, ni para tener amigos ni para que salga adelante tu proyecto.

Intentar gustar a todos no sólo es frustrante; es una distracción.

Practicar la muerte

Hay unas cuantas conversaciones incómodas que nunca es el momento de tener.

Y sin embargo…

Tenerlas suele resolver laberintos futuros.

Un ejemplo de conversación relevante es la que explica a las personas importantes qué queremos que hagan cuando hayamos muerto.

A menudo abordamos el tema de enterrar o incinerar, así como de las herencias formales, pero no hablamos sobre qué queremos que pase con nuestros objetos de valor o qué queremos que diga nuestra esquela (si la habrá).

Nuestra cultura rehúye el asunto de la muerte y nos impide afrontarla con la naturalidad que merece, pero podemos acabar con el mito.

Toda esa gente a la que quieres se sentirá segura y tranquila de que están haciendo lo que tú querías, cuando ya te hayas ido.

Adversarios y enemigos

Que vociferen cosas malas sobre ti es incómodo.

Que manifiesten vehementemente su desacuerdo es desagradable.

Que reten tu trabajo es duro.

Y sin embargo…

Los que hacen eso son sólo tus adversarios; necesarios porque sacan lo mejor de ti.

Tus verdaderos enemigos permanecen silenciosos.

Habla o calla

Contarme tus cosas personales, es cosa tuya.

Es tu decisión y yo la respetaré.

Y sin embargo…

Debo decirte que las personas que cuentan las cosas, suelen ser más felices.

Se sienten aliviadas, son mejor comprendidas por quienes les rodean, y dan forma a la masa amorfa de sus sentimientos al verse obligados a verbalizar.

Por otro lado, es el silencio el cómplice de la injusticia y de la ausencia de progreso en el mundo.

Tú decides si quieres contármelo, pero también deberás aceptar que, si no lo haces, yo deje de confiar en ti.

Más sobre el silencio, aquí (gracias a mi admirado Juan Carlos Tous, fundador de Filmin, por la recomendación)

El más divertido gana

En nuestra sociedad, a menudo lo más divertido gana; sobre todo en el corto plazo.

Que sea así, no es lo más correcto ni lo más auténtico ni lo más justo.

Y sin embargo…

Es un hecho con el que tenemos que convivir.

Y que resulta útil manejar.

Regresión a la media

Si algo sale mal, a continuación se aplican medidas correctoras y finalmente pasa a salir bien…

Y sin embargo…

Es posible que el cambio en el resultado no se deba a las soluciones aportadas, sino simplemente a que el azar tiende a compensar los resultados por sí solo.

Es probable que el equipo que jugó mal y recibió una reprimenda, no juegue bien por la reprimenda, sino porque probabilísticamente así tocaba.

Los humanos sentimos predilección por la causalidad y nos encanta pensar que lo que hacemos influye en los sucesos.

Pero a menudo no es así; los fenómenos ocurren simplemente porque se distribuyen estadísticamente.

El fenómeno por el que lo malo es probable que se vuelva bueno, y lo bueno, malo, se llama regresión a la media.

Y representa una lección de humildad para los jefes, los profesores y las estrategias.

El más tonto de la clase

¿Eres la persona más tonta de la sala, de la clase, del trabajo?

Enhorabuena, ya que cada minuto que pasas ahí, estás creciendo.

Y sin embargo…

¿Eres el más listo del grupo? 

Ha llegado la hora de cambiar de grupo.

El momento adecuado

La idea es buena.

Y sin embargo…

¿Es el momento adecuado?

Casi siempre el reto consiste en distinguir qué ideas son para ahora y cuáles son para más adelante.

Si sabemos eso, hemos resuelto el 99% del puzzle.

Construir la catedral

Podemos dedicarnos a construir una fábrica o una catedral.

Las ventajas de construir una fábrica son muchas: sabremos desde el principio casi todo lo que tenemos que hacer, a penas tendremos críticos y veremos el resultado rápidamente.

Por el contrario, ante una catedral, tendremos que crear innumerables elementos sin contar con referencias, todo el mundo tendrá una opinión sobre nuestro trabajo y, sobretodo, tardaremos un largo tiempo en verla concluida.

Ahora bien, la catedral resulta un proyecto mucho más bello, motivador e interesante.

Y sin embargo…

Cuando nos fascinamos con el proyecto más atractivo de los dos corremos el riesgo de olvidar algo fundamental, que puede hacernos caer en la desmotivación demasiado pronto:

tanto si estás construyendo una fábrica como una catedral, el 99% del trabajo es levantar piedras.

Hablar claro

A pesar de que en mi proyecto trabajan unas 150 personas, cada vez que alguien nuevo se incorpora a él, tengo unos pequeños minutos de bienvenida con ese nuevo compañero.

Y sólo les digo una cosa.

Que si creen que algo no lo estamos haciendo bien, lo digan.

Porque la forma en que hacemos las cosas no es estática; es sólo el resultado dinámico de los que hasta ahora hemos participado.

Y sin embargo…

Cuando llegamos a un nuevo lugar, tendemos intuitivamente a pensar que lo que nos encontremos es así y nunca cambiará.

Como si la evolución no fuera la consecuencia de quienes alzaron la voz y aportaron lo que quizá han aprendido antes en otros lugares.

Como si «las cosas» no fueran en realidad un reflejo de «las personas».

De todas las personas.

Viajes y viajes

Siempre he pensado que resulta muy útil para la lengua inglesa el disponer de dos conceptos diferenciados para la palabra «viaje»: journey y trip.

Es útil porque permite expresar dos ideas muy distintas.

Journey significa «de A a B». Significa «cuanto antes llegue, mejor». Un tren rápido de 2 horas es en general mejor que un trayecto en coche de 4 horas. El propósito es llegar y hacer lo que sea que vayamos a hacer.

Trip significa «cada punto entre A y B cuenta». Cuanto más se tarde, mejor. En general, dos meses de mochilero por Asia es mejor que un fin de semana en Ibiza. El propósito es el viaje en si mismo.

Y sin embargo…

Tendemos a confundirlos.

Porque en lo que en realidad estamos todos metidos en la vida no es un journey, sino en un trip.

En el que por supuesto experimentamos a diario las cosas propias de un viaje: la falta de sueño, las transgresiones dietéticas, la incomodidad, los retrasos, los eventos inesperados…

Pero el que, como en todo viaje, el aprendizaje, la experiencia y el crecimiento son en si mismo un fin.

Lengua franca

Los ingenieros resultan admirables.

Especialmente por su cosas de ingenieros, como: fragmentar problemas grandes en problemas pequeños, priorizar, transformar intenciones en proyectos y transformar ideas en herramientas

Y sin embargo…

No basta con ingenieros.

La innovación ocurre en los extremos, donde rozan las disciplinas.

La innovación no se produce en el núcleo de las organizaciones porque los núcleos tienden a ser estables y conservadores.

Es en los límites donde se produce el cambio.

Por eso es tan difícil ver, por ejemplo, empresas de salud digital exitosas.

Porque los lenguajes de la Medicina y la Ingeniería están muy separados y rara vez llegan a entenderse de verdad.

Cuando las start ups médicas fracasan, básicamente fallan en encontrar el equilibrio entre el mundo «bio» y el mundo «datos».

Para que funcionen hay que crear una especie de «organización límite». En la que la gente esté de acuerdo en vivir al límite de su especialidad, para poder hablar con el «otro».

Se necesita un lenguaje común. Un lenguaje de procesos, etapas y herramientas.

Una lengua franca.

Regalos caros

Antes de regalar algo caro, podemos plantearnos si la persona que va a recibirlo será más feliz con ello.

Porque, aunque no le ocurre a todo el mundo, algunas personas sufren ante la posibilidad, por ejemplo, de perder los objetos valiosos.

Otras, simplemente se sienten más satisfechas en la austeridad o no sienten interés por lo material.

Y sin embargo…

Esta idea no siempre está en el proceso.

Antes de comprar, piensa en él o ella… o mejor, piensa como él o ella.

Daño necesario

Si te conocen cuando tu proyecto aún está inmaduro, siempre tendrán una mala imagen de ti.

Incluso aunque mejores, la primera impresión habrá quedado indeleble y nunca te respetarán como deben hacer los buenos clientes.

Tu marca, de cara a ellos, estará dañada para siempre.

Y sin embargo…

Resulta fundamental aprender con casos de verdad.

Por lo que ese daño es un peaje necesario.

Con unos pocos, aunque contraintuitivo, resulta necesario dañar la marca.

Lo que estás construyendo bien merece ese incómodo sacrificio.

Caballos más rápidos

Es bien conocida la cita por la que Ford afirmaba que «si hubiese preguntado a mis clientes qué querían me habrían dicho que un caballo más rápido».

O algo así.

Esta frase, famosa entre los innovadores, nos enseña que a veces son necesarios los saltos en el nivel de abstracción.

Es decir, que no vale con hacer lo mismo de otra forma, sino que hay que hacer cosas distintas.

Y sin embargo…

Resulta un camino arduo.

Porque el lenguaje de los visionarios es uno que nadie entiende durante largo tiempo.

O dicho de otra forma.

Porque en cada momento dado, tu innovación está limitada por la comprensión que tiene de ésta quien debe pagar por ella.

Nunca gratis

«Como es la primera vez que lo haces, házmelo gratis y así luego podrás vendérselo a otros.»

Ésta es la frase que oyen todos los que están empezando.

Y sí es razonable que, a quien se atreve a probar nuestra innovación, le hagamos un trato muy especial.

Puede ser el precio o también puede ser un servicio extra durante mucho tiempo.

O mil cosas más.

Y sin embargo…

Gratis no. Nunca.

Porque es un error.

Porque si lo damos gratis nunca nos tomarán en serio.

Y porque si no cobramos, aunque sea poco, nunca sabremos si otros querrán pagar por ello en el futuro y por tanto no sabremos si el proyecto o la actividad es viable.

Y sobre todo porque lo que hacemos tiene un valor.

Y, al menos en nuestro sistema, es adecuado que si tiene un valor tenga también un precio.

Me importa lo que te suceda

«Me importa lo que te suceda.»

No te bombardeo con mil posibles soluciones.

Ni te animo a que no hagas tanto drama de ello.

Ni mucho menos miro a la pantalla del ordenador haciendo como que no pasa nada.

No me escondo.

Y hago porque sepas que te veo cuando sufres.

Al mismo tiempo que ambos sabemos que no soy la solución.

Y sin embargo…

Mi poder para ayudarte es grande como el universo.

Basta con decirte una sola cosa.

«Me importa lo que te suceda.»

El engaño de Platón

Si la ciencia no nos enseñara que al sonreir, aunque sea sin ganas, necesariamente nos acabamos sintiendo mejor.

Si las relaciones sexuales no produjeran oxitocina, que nos llevara a generar un inevitable afecto hacia la pareja sexual, por poco que nos interese.

Si al correr por el parque no nos pareciera todo más optimista, más alegre y más vivo.

Si tras una noche de alcohol, no fuera habitual la depresión por haber empleado demasiado rápido nuestras reservas de serotonina.

Si el llanto de un bebé no activara la secreción de leche en la madre a metros de distancia.

Si todo eso y mucho más fuera cierto, entonces mente y cuerpo serían cosas separadas.

Y sin embargo…

Aunque Platón nos engañara durante dos mil años, mente y cuerpo son uno.

Actuemos en consecuencia.

Montar la fábrica

Imagina tu trabajo en una fábrica.

¿Qué has imaginado?

Puede que te hayas visualizado en una cadena de montaje.

O quizá la hayas visto desde arriba, desde «la caseta del jefe».

Es posible que te estuvieras encargando de arreglar una máquina.

¿Diseñando una máquina nueva?

¿Estabas acaso montando la fábrica?

Hay personas que prefieren trabajar en una fábrica que ya existe.

Son excelentes cumpliendo los procesos y mejorándolos de tanto en tanto.

Les gusta saber que las piezas salen todos los días y que hacen mejor la vida de la gente.

Ellos cumplen y eso resulta fundamental.

Y sin embargo…

Tendemos a olvidar que hay personas que prefieren montar la fábrica.

A pesar de lo duro que resulta empezar desde un solar vacío.

Aunque no sepan si la producción saldrá algún día o no.

Aunque tengan que inventar en su cabeza dónde irá cada pieza.

Conviene saber con qué personas querremos contar en cada tramo de nuestro camino.

El tiempo y el miedo

Casi ninguno de nosotros teníamos miedo a volar cuando lo hacíamos de niños.

De igual forma que, ya de adolescentes, no teníamos miedo a saltar al agua desde el acantilado.

O como, a los dieciocho, no nos daba miedo conducir por la autovía por primera vez.

Y por suerte al joven emprendedor no le da miedo lanzar una empresa imposible.

Como el joven actor sale a menudo con un desparpajo imposible al escenario en su primera función.

Y sin embargo…

Con el paso de los años nuestra perspectiva del riesgo cambia.

Con cada vuelo, algunos tenemos más miedo, porque pensamos en todos los accidentes aéreos de los últimos años. O simplemente porque somos conscientes de la idea tan descabellada que representa estar en el aire en una máquina a cientos de metros.

No nos atrevemos a saltar al mar desde la altura porque pensamos en ese caso de quien quedó accidentado para siempre.

Cuando alguien querido tiene que viajar, sentimos un pequeño nudo en el estómago que no desparece hasta que llega el esperado mensaje: «Ya he llegado. Te quiero»

El emprendedor con una idea que cambiará el mundo (todos los emprendedores creen tener una idea que cambiará el mundo porque esto es lo que los define), piensa más que antes en los competidores y en los riesgos económicos.

Y el actor gana respeto al público sólo para descubrir que es más inseguro que nunca.

Conviene recordar que el miedo es también una variable dependiente del paso del tiempo.

Porque la ausencia de miedo es en parte consecuencia de la ignorancia, como la sabiduría es, si hemos hecho las cosas bien, una consecuencia del tiempo.

Vivencial

Coronar un ocho mil, ser padre, tener acné.

Vivencial quiere decir que se experimenta.

O dicho de otra forma, que no podemos entender qué se siente si no lo hemos vivido.

Y sin embargo…

A menudo nos comportamos como si pudiésemos saber que siente el que sí lo ha vivido.

Estudiar una oposición, bailar flamenco, padecer lumbalgias.

Asumir que no podemos conocer lo que no hemos experimentado es un excelente puente hacia la colaboración, la comprensión y la compasión.

Impuestos revolucionarios

La plusvalía del ayuntamiento, la garantía del lavavajillas, una multa de aparcamiento, la factura de Vodafone.

Continuamente la vida nos pone delante situaciones en las que debemos pagar algo que no nos corresponde.

Con independencia de la cantidad, enseguida se nos activa un sentido del agravio, un deseo de resarcimiento moral.

Esto sí que no lo pago. Me cueste el esfuerzo que me cueste.

Y sin embargo…

A menudo pelear va en nuestra contra.

Las horas empleadas se suman al tiempo pensando en el asunto.

Es como si lo mejor fuera trazar una línea racional, en frío, sólo a partir de la cual vamos a actuar.

Una cantidad que cada uno calcula en función de su poder adquisitivo.

La cual nos permita dejar pasar todas las pequeñas cosas en las que no merece la pena luchar. Y sentir el alivio.

Al fin y al cabo, la energía que ahorramos la pondremos en lo que de verdad nos importa.

O incluso en batallas que sí compensa ganar.

Señales de tráfico

Los amigos de la Programación Neurolingüística llevan años diciéndonos que «el mapa no es el territorio».

O dicho de otra manera, que la idea que tenemos del mundo es eso, una idea. Y luego la realidad es otra.

Lo cual podríamos estirar como concepto hasta llegar a afirmar que para caminar por la vida no hay mapas.

Lo que esencialmente nos obliga a perdernos y encontrarnos mil veces.

Y sin embargo…

También es bueno recordar que en la vida sí hay señales de tráfico, carteles, y letreros.

Los cuales resulta absurdo no mirar.

Tan bueno es descubrir por nosotros mismos, como aprender de los que ya recorrieron el camino y volvieron para contárnsolo.

Buena memoria

El sistema educativo antiguo estaba basado sólo en memorizar.

Hasta que aprendimos que no era suficiente y que era también positivo aprender a razonar.

Y sin embargo…

Nos pasamos de frenada.

Porque denostamos la actividad de memorizar, la sacamos de las aulas e hicimos que fuera políticamente incorrecta.

Obviando lo que una abundante evidencia científica nos dice sobre los beneficios de memorizar.

Bueno para la atención, bueno para el pensamiento integrador y holístico.

E incluso bueno para el disfrute psicológico al que llamamos felicidad; el placer de aprender un poema de memoria. O una alineación del Real Madrid. O los nombres de las ciudades que visitamos en ese viaje por la Toscana.

¿Por qué apartarla como, si en realidad, al final, nuestra memoria no fuera lo único que somos?

Barcos grandes, barcos pequeños

Un barco grande tiene en principio más probabilidad de atravesar el mar que un barco pequeño.

Resistirá mejor la tormenta y podrá albergar más medios con los que proveer a sus pasajeros.

Siendo la contrapartida que todos conocemos, el que su maniobrabilidad será menor que la de un barco pequeño, lo que lo convierte en más lento y difícil de manejar.

Y sin embargo…

Lo que la metáfora de los barcos grandes y pequeños suele obviar es que un barco grande sin dirección no sirve asolutamente para nada.

Podemos añadir tanta eslora como queramos.

Zodiacs y motos acuáticas colgando de la borda, piscina en la cubierta, más tripulación.

Sin una sencilla trayectoria trazada sobre una carta náutica (analógica o digital, con GPS o sin él) no tenemos nada.

Podemos aprender de ello, a ser posible antes de que sea demasiado tarde, como en este caso.

Mercachifles

Hay vendedores de humo y hay innovadores con ideas que cambiarán el mundo.

Y sin embargo…

Lo fascinante del asunto es que al principio de su camino son completamente indistinguibles. Sólo el tiempo es capaz de destapar si su idea era buena o no. Si iban en serio.

Algo más interesante aún es que a menudo no lo saben ni ellos mismos.

En algunos casos, estamos ante personas manipuladoras que consciente y deliberadamente se aprovechan de las necesidades para engañar en su beneficio. Pero son la minoría.

La mayoría de las personas que tienen una mala idea, ¡no lo saben!

Es más, resulta imposible anticiparlo, porque las ideas nuevas tienen la peculiaridad de tener que nacer antes de que podamos observar su impacto en el mundo.

La impredecibilidad de la innovación es parte del juego.

Conviene andarse con ojo antes de decir que algo “va a funcionar seguro” o que, por el contrario, “es humo y está muerto antes de nacer”.

Si estuviera tan claro, no habría innovadores dispuesto a arriesgar su vida y su prestigio, a cambio de la incontrolable recompensa de dejar una huella en el mundo.

Creencia o control

Invertir en ese nuevo proyecto no sólo supondrá tiempo, energía y dinero.

Conllevará además otras cosas que dan mucho más miedo:

  • dejar lo que hemos estado haciendo hasta ahora (casi todos los proyectos de verdad exigen dejar lo previo)
  • exponer nuestra capacidad delante de nuestros amigos, familia y compañeros
  • renunciar a todos los otros posibles proyectos; porque, como sabemos, tomar una dirección siempre significa rechazar muchas otras opciones

Así, cuando damos el paso adelante, desconocemos cómo irán las cosas.

Porque las cosas que importan vienen con un gran interrogante, frente al que, por muchas personas que nos aconsejen, por muchos análisis que realicemos, finalmente requerimos un impulso íntimo hacia una elección.

Es lo que llamamos creer.

Y creer es lo contrario de controlar.

En algún momento vamos a tener que aceptar que no podemos controlarlo todo.

Llega un momento en el que o creemos o no creemos.

Y sólo creyendo tendremos precisamente el éxito que pretendes controlar.

Exceso de rigor

Ante el estudio de una pintura barroca, ante una pandemia, ante una partida de Trivial, ante los desperfectos que dejó el inquilino.

Resulta negativa la falta de rigor.

Nos lo enseñan en la escuela y en casa.

Y sin embargo…

En la escuela y en casa se les olvidó enseñarnos que también es negativo el exceso de rigor.

Porque la inteligencia consiste en adaptarse, sin quedarse corto, pero también sin pasarse.

Ser demasiado riguroso lleva a la obsesividad, de la que deriva la intransigencia y, en última instancia, las guerras.

Las guerras casi siempre empezaron porque alguien fue riguroso en exceso, convencido de que tenía razón y de que los demás se equivocaban.

Es hora de aprender también a soltar, a estar cómodos no teniendo razón, a transigir con el error y la imperfección.

Es mejor ser feliz que tener razón.

Fluir

Ver una obra de teatro, asistir a un partido de fútbol, visitar el Museo del Prado.

Nos hace felices.

Y sin embargo…

Hacer teatro, jugar al fútbol, pintar.

Nos hace aún más felices… con independencia de nuestro nivel técnico.

Una buena manera de incrementar nuestra felicidad pasa por comprender que involucrarnos en actividades nos sienta mejor que el disfrute pasivo.

Más aquí

Si entiendes Estadística

Si entiendes Estadística, no tienes problema en montar en avión, pero evitas la bicicleta de carretera.

Si entiendes Estadística, cuando llega una pandemia que mata a 1 de cada 700 ciudadanos, te vacunas en cuanto puedes.

Y si entiendes Estadística, durante esa misma pandemia, evitas tajantemente los lugares cerrados, si bien no temes las infrecuentísimas reinfecciones.

Si entiendes Estadística, no gastas dinero en el tarot ni juegas a la lotería, salvo que sea por diversión.

Si entiendes Estadística, votas al partido que te gusta y no al del voto útil.

Si entiendes Estadística, no optas por el seguro extra ante el alquiler de un coche.

Si entiendes Estadística, viajas por tu cuenta a lugares remotos, pero proteges tu ordenador con contraseñas robustas.

Si entiendes Estadística, no fumas, pero no te asustas ante un dolor de cabeza.

Si entiendes Estadística, no eres racista.

Y sin embargo…

No enseñamos Estadística.

Como si no fuera una herramienta fundamental para caminar por la vida.

Como si no fuera la verdad vendida al peso.

El precio de innovar

A casi todos nos gusta innovar.

Porque innovar es hacer cosas nuevas.

Y porque, cuando estas cosas funcionan, nos dan una ventaja.

A los innovadores les gusta hablar de esas ventajas.

Y algunas personas, a veces, las compran.

Y sin embargo…

Hacer cosas nuevas implica riesgos.

De hecho casi seguro conlleva errores, retrasos e incluso acccidentes.

Las bicicletas, los antibióticos, las televisiones. Trajeron problemas hasta que dejaron de hacerlo.

Pero a menudo los innovadores tienden a no avisar sobre esos problemas, que están asegurados por el hecho de crear cosas que no existen.

Y en otras ocasiones, es el que compra el que no quiere entender que con el beneficio viene el sacrificio.

Que si una innovación garantizara el éxito, no sería una innovación.

Huye de los que quieren tu innovación pero no asumen su precio.

Expertos y emprendedores

Dentistas, pilotos, ebanistas.

Si se trata de enfrentarse a un problema conocido, necesito un experto.

Porque conocen las soluciones.

Y sin embargo…

Los expertos sólo saben sobre las ideas del pasado.

Si necesito trabajar en ideas futuras, no necesito un experto.

Porque los expertos son las personas que te dicen cómo algo no puede hacerse. Hasta hoy.

Para las ideas nuevas, necesito un emprendedor.

Cazadores recolectores

Un cazador recolector comía lo que cazaba o recolectaba.

Es obvio, pero encierra una idea explícita: si un día no cazaba o recolectaba, no comía.

Nuestro desarrollo nos ha traído cosas buenas y malas, siendo una de las buenas que, aunque un día no caces, puedes comer igualmente.

Y sin embargo…

El riesgo que acarrea esa distribución social del riesgo es que no nos estimula a cazar cada día.

Al principio sólo lo hacemos cada dos días, luego una vez a la semana, luego una vez al mes…

Mientras la nómina siga llegando, ¿para qué esforzarse?

El problema es que puede transcurrir toda una vida sin haber aportado nada significativo.

Por ello una buena práctica puede ser comportarse como si lo que hicieras cada día en particular fuera lo que obtienes en tu mesa.

No siempre cazarás un jabalí. A veces será un pájaro o quizá recolectes unas hierbas.

En realidad depende de ti.

Así que ¿qué quieres comer hoy?

Cambiar la pregunta

Un nuevo tratamiento, un coche que contamina menos, un derecho para los trabajadores.

Son respuestas.

Las respuestas que otorgamos para intentar hacer nuestra vida mejor.

Las herramientas con las que, poco a poco, caminamos por el delicado límite entre conservar lo que funciona y progresar en lo que no funciona tanto.

Y sin embargo…

¿Por qué se caen las manzanas de los árboles? ¿Habrá tierra al otro lado del mar? ¿Por qué no votan las mujeres?

Son preguntas.

Las preguntas que nos permiten dar saltos inmensos en nuestra comprensión del mundo.

Las respuestas son el cómo y las preguntas son el qué.

Son las preguntas, no las respuestas, las que definen quiénes somos, qué queremos alcanzar y por qué vivimos.

O como dijo Jorge Wagensberg: Cambiar de respuesta es evolución. Cambiar de pregunta es revolución.

Políticos o colaboradores

Los políticos son las personas que saben navegar con éxito las instituciones.

Como el Cardenal Mendoza, valido de los Reyes Católicos, a cuya biografía merece la pena echar un vistazo en Wikipedia.

Los colaboradores son las personas que, al navegar con éxito, hacen mejorar las instituciones.

Como Cristobal Colón, quien, mientras el Cardenal Mendoza hacía política, se dedicó a descubrir América.

No hay una sola persona que prefiera los políticos a los colaboradores, porque los segundos trabajan duro con el fin de sumar y aportar.

Y sin embargo…

Los políticos prosperan.

Y no sólo en los Estados. También lo hacen en los pueblos, en las empresas y en los servicios de cirugía de un hospital.

¿Por qué?

Básicamente porque a medida que las instituciones se hacen más grandes, inconscientemente todos premiamos el comportamiento político.

Porque, desde nuestros ancestros primates, estamos hechos así.

Pero es posible evitar ponérselo fácil a los políticos y ayudar a los colaboradores, si:

  • evaluamos con respecto a los objetivos, no a las explicaciones (los políticos son mejores comunicadores que estrategas)
  • ayudamos a las personas con inclinación a innovar (con los inevitables fracasos que eso conlleva), que no se aferran a posiciones conservadoras en las que se aseguran la ausencia de riesgo
  • contamos más con las personas que trabajan en equipo (son fáciles de identificar, ya que en su discurso usan «nosotros» en lugar de «yo»)

Las personas que entienden que las metas personales pueden alcanzarse a través de las metas del grupo tienen un valor incalculable. Y hay que cuidarlas.

¿Por qué o para qué?

Lo natural, lo instintivo cuando alguien ha hecho algo que desaprobamos, es preguntarle “por qué”.

Y sin embargo…

Lo que ocurre es que la mayoría de las veces esa pregunta es un callejón sin salida. Las razones últimas por las que lo ha hecho son difíciles de conocer, incluso para él o ella.

Te dará una respuesta, sí, pero es improbable que sea la que buscas.

Y lo más importante, es poco probable que su respuesta te ayude a entender su actitud; mucho menos a conectar para hacerle cambiar la próxima vez.

En lugar de todo ese camino de reproche e irritación, existe una fórmula casi mágica, un milagroso desatascador de situaciones incómodas.

Basta con preguntar “¿para qué lo has hecho?” y la conversación empezará a fluir por si sola.

Verdad alternativa

Flores de bach, homeopatía, reiki.

¿Por qué hay gente que cobra por ofrecer remedios que no están demostrados?

En el mejor caso, quienes lo ofrecen no saben que aunque ellos honestamente crean que funciona, no es ético venderlas si no lo han demostrado.

Son chamanes.

Aquí entran los de las limpiezas de colon, entre otros.

En el peor caso, son conscientes de que no funciona y actúan sin ética.

Son vendedores del tónico milagroso.

Aquí entra la exitosa industria de la homeopatía, entre otros.

Y sin embargo…

La pregunta no es por qué hay vendedores, sino por qué hay compradores.

Y la respuesta tiene que ver con la responsabilidad de quienes no hemos educado a la sociedad en la aceptación de que el espectro de la realidad es mucho más amplio que lo que la estrecha ciencia puede ver.

Es de quienes hemos malcriado en la idea mágica de que la Medicina lo sabe y lo puede todo, generando niños frustrados que, ante la cruda realidad de los límites del conocimiento, corren enfadados a los brazos de su chamán.

Chamán que, muy avispado, ha inventado toda una nueva liturgia para el siglo XXI, con su correspondiente lenguaje: detoxificar, intolerancias, ozono.

Distintos tiempos, mismos falsos mitos.

O como dijo Tim Minchin: «¿Sabes cómo se llama la Medicina alternativa cuando funciona?: Medicina»

¿Y si todos se tiran por un puente?

-¿Y si todos se tiran por un puente, tú también te tiras?- preguntan los padres a sus hijos cuando éstos intentan justificar una conducta indebida, excusándose en la colectividad.

Y sin embargo…

Resulta que la psicología social no hace sino dar la razón a esta manera de actuar.

En efecto, de entre todos los elementos a los que puede atribuirse la motivación para poner en marcha una conducta, no se conoce ninguno tan poderoso como el de “todos lo están haciendo”.

Naturalmente este hecho nos despierta un fuerte rechazo, por la ausencia de criterio y de valores que sugiere. Pero hoy sabemos que está en lo más ancestral de la antropología el actuar como lo hagan los demás.

El “miedo a quedarse fuera” tiene un poder inmenso para promover conductas, desde comprar un producto hasta dejar de fumar.

Si vas a planear una estrategia es una buena idea enfocarla pensando en la tribu, en que la decisión está más relacionada con el grupo que con la racionalidad consciente.

Siempre listos

“Scout un día, scout siempre”.

Los scouts constituyen el grupo humano más numeroso que jamás ha existido, si descontamos las nacionalidades (como la china, por ejemplo).

Junto al cristianismo y por encima de cualquier otra religión, aproximadamente una de cada doce personas del planeta lo ha sido en algún momento de la vida.

Es un movimiento silencioso y es probable que ahí radique su secreto; no se deja contaminar.

Y sin embargo…

Es todo lo contrario a lo que el cine norteamericano ha transmitido.

Lejos de los calcetines hasta las rodillas, las galletas o la separación por sexos, se trata de un movimiento educativo inconmensurable, maduro en una metodología de transmisión de valores apoyada en lo natural, enfocado hacia los niños urbanitas.

En los scouts no sólo se aprende a orientarse con las estrellas o a usar un hornillo; se aprende a ser responsable y comprometido con la sociedad.

La cosa es sencilla: se empieza a los 7 y se termina a los 20. Y si uno quiere y puede, permanece como monitor hasta que las obligaciones de la vida se lo impidan.

Lo que le ocurrirá al sujeto es que se transformará en una persona más alegre, más activa, más espontánea, más abierta y más reflexiva.

Si no lo has sido, quizá en casa tengas una oportunidad, una persona a la que quieres educar más allá del colegio y de la casa, que en unos años pueda agradecerte haber crecido y vivido bajo el universal lema de los scouts: “siempre listos”.

Ante la duda

¿Están funcionando mal o es que yo soy muy exigente?

Más aún, ¿están funcionando mal porque yo no he sabido dar las instrucciones adecuadas?

Éstas son las dudas de todo aquel que alguna vez ha gestionado un equipo y no observa el resultado esperado.

Y sin embargo…

Lo cierto es que los verdaderamente buenos te lo hacen saber cuando no tienen las instrucciones adecuadas.

Por ello una muy buena manera de saber que las cosas no funcionan es la necesidad repetida de tener que intervenir para hacer su trabajo.

Y siempre mantener en la mente: en los equipos como en el amor, ante la duda, no hay duda.

Eso ya lo estamos haciendo

Reuniones formativas periódicas, copias de seguridad, encuestas de satisfacción.

Al acercarnos a una organización ajena y sugerir cualquier nueva iniciativa es frecuente que la primera respuesta que nos den sea «eso ya lo estamos haciendo».

Aunque no sea cierto.

O mejor dicho, aunque sólo sea cierto de una manera forzada, buscando algo parecido que está en marcha y asimilándolo a nuestra sugerencia.

Porque duele que alguien de fuera nos diga lo que tenemos que hacer.

Y sobretodo porque cuesta pensar que todo este tiempo no lo hayamos estado haciendo bien.

Y sin embargo…

En el fondo quien nos da esa respuesta sabe de una forma más o menos consciente que:

  • Hacer las cosas perfectas resulta imposible, por lo que aceptar que el cambio que necesitamos es infinito es de hecho el único camino hacia la perfección.
  • El mundo por definición siempre estará lleno de personas o grupos que sabrán más que nosotros sobre cualquier cosa.

Por eso, ante una respuesta negativa de este tipo, conviene recordar que es el ego de euien tenemos enfrente el que habla y que su conciencia continuará después operando durante semanas hasta ir asumiendo poco a poco el mensaje.

Por lo que, para evitar el bloqueo, puede ser una buena idea simplemente sembrar la semilla retirarse y volver unos meses después a recoger los frutos.

Aprendiendo del psicoanalista

Algo muy sorprendente acerca de los psicoanalistas es la forma en que a menudo planean el horario de sus consultas.

De modo que si por alguna razón el paciente descubre «una gran verdad» sobre sí mismo después de 5 minutos de haber comenzado, la cita termina abruptamente. Y sí, cobran lo mismo.

De la misma manera, si después de toda la hora no encuentran el origen del trauma, simplemente paran y anotan una nueva cita… un proceso que se prolonga durante semanas o meses hasta que descubren lo que sea que esté causando el trastorno psicológico.

Las citas son sólo un marco, siendo el resultado es lo que cuenta.

Y sin embargo…

Aunque conocemos la teoría, a menudo nos cuesta hacer como el psicoanalista.

Si después de 10 minutos de reunión tenemos el resultado, ¿por qué continuar?
Y si después de una reunión de 1 hora, todavía tenemos lo que buscamos, ¿por qué no organizar una segunda (y una tercera…) reunión?

Los horarios son necesarios, pero no trabajamos para ellos; ellos trabajan para nosotros.

Parecido no es lo mismo

Las grandes carreras, las excelsas personalidades, las buenas relaciones… se construyen a base de noes.

También los grandes proyectos.

Y sin embargo…

Lo difícil es aplicarlo.

Especialmente, cuando decir “no” significa perder una oportunidad, un cliente, dinero. Y lo que es peor, que lo gane la competencia.

Pero resulta que no hay más remedio.

Que el “sí” indiscriminado es un camino inexorable hacia la confusión entre la masa, hacia no destacar, hacia no ser bueno en nada.

Cuando, al fin y al cabo, todo el éxito, todo, radica en ser diferente.

Bien como experiencia

“Bien como experiencia” es lo que te dice alguien a quien no ha gustado la experiencia, cuando cuenta con demasiadas barreras psicológicas para reconocerlo.

Y sin embargo…

Frecuentemente tendemos a tomar esa expresión como positiva.

Cuando lo cierto es que, si te lo dicen de un viaje o un restaurante, puedes anotarlo tranquilamente en la lista de noes.

Pulsar un botón

Pedir una hamburguesa, enviar un e-mail, descartar en Tinder.

Es fácil darle a un botón.

Y sin embargo…

Hacerte una crema de verduras para comer, llamar por teléfono para entender, tomar un café para conocerse.

Cuando introduces el «para qué» resulta obvia la necesidad de dar un paso más.

Casi ninguna de las cosas que merecen la pena se consiguen pulsando un botón.

Las razones de un hater

Un hater no aparece porque sí.

Siempre hay una razón detrás.

Las razones pueden bien clasificarse en dos grandes grupos.

Unas son las irracionales, las psicológicas. Tienen que ver con la frustración y con el ego. Suelen enraizarse en vidas incompletas, ausente autoestima,… la mala estrella de no haber podido ser lo que se quería ser. Y en que ahora molesta que otro sujeto esté satisfecho, haga algo distinto, funcione.

Las otras son de tipo racional. Son las del interés o el egoísmo. Tienen que ver con anteponer intereses espúreos, a menudo inconfesables por su mezquindad. Lo que se pone en marcha aquí no es el odio (como en el caso anterior), sino el miedo a ser desplazado.

Ambos grupos tienen algo en común: no hay un incentivo para desvelar las causas de forma transparente, con lo que existe un enorme riesgo de engancharse en la discusión sin llegar a ningún lado.

Y sin embargo…

Lo que en realidad funciona (a menudo mágicamente) es descubrir la razón última e ir a por ella.

Olvidar el insulto (nadie dice que sea fácil) y hablar sólo de lo que subyace. Deshacer el nudo.

No siempre funciona, pero frente al hater es nuestra única oportunidad.

Es lo que parece

Cuando entrevistamos a alguien para contratarle, sucede que a menudo nos da una impresión muy clara sobre su personalidad.

Nos queda tan clara que nos cuesta creer que pueda ser un reflejo fiel de la realidad.

-No puede ser tan evidente- pensamos, ya sea buena la impresión, o muy mala.

Y sin embargo…

Lo difícil está en darse cuenta de que esa impresión, a menudo sí se corresponde sorprendentemente con la realidad.

Que, casi siempre, quien parece el candidato perfecto, lo es.

Que existen.

No hay truco.

A veces hay gente increíble que se presenta ante nosotros y eso es todo.

Fin de la búsqueda. Apretón de manos.

Y que, casi siempre, quien nos parece confundido o con tendencia a divagar, lo será siempre. Que por mucho que nos empeñemos, no cambiará, ni “ya aprenderá”. Al menos no en el poco tiempo del que disponemos.

Que a menudo se contrata por instinto es algo que pocas veces en público se reconoce.

Resulta tan cierto como que, en privado, es un hecho que a menudo se admite.

A la pizarra

Es un instrumento mágico que lo cambia todo.

Aclara la mente de quien emite.

Y la de quien recibe.

Convierte el caos en orden.

Impide la divagación.

Resalta los errores como con luces de neón.

Es increíblemente coste-eficiente.

Es una de las razones principales para hacer reuniones.

Y sin embargo…

No hay suficientes pizarras a nuestro alrededor.

Llénalo todo de pizarras (y de rotuladores que funcionen). No te arrepentirás.

Dinero o reputación

¿Cuánto te juegas cuando emprendes un proyecto?

¿10.000 euros? ¿20.000 quizá?

No es fácil ahorrarlos; duele perderlos.

Y sin embargo…

Lo que te juegas es mucho más.

Es tu prestigio.

Si estás pensando emprender, esto debería pesar en la balanza más que el dinero.

Y otro día hablaremos de los otros costes, como los años de tu vida empleados, renunciando por definición a muchos otros posibles caminos.

Viva la burocracia

En tu hospital, en tu oficina, en tu fábrica.

En todos los lugares donde las personas interactúan con un fin común, incluir procedimientos ayuda a que todo funcione mejor.

El Responsable pasa un Documento al Supervisor, quien comprueba su Corrección y envía al Inspector para que Certifique… y así eternamente.

Mirando hacia adelante, los sistemas, los estándares, los protocolos son necesarios.

Reducen los errores. Mejoran la calidad.

Y sin embargo…

Constituyen lo que, mirando hacia atrás, llamamos burocracia.

Lo que nos enfada, nos desespera, nos enlentece.

La excusa para no innovar, no resolver, para no trabajar.

Los ministerios y las multinacionales enferman de procedimientos, quitando la libertad de acción a quienes podrían resolvernos los problemas.

Es como si gestionar, al fin y al cabo, no fuera mucho más que encontrar el equilibrio adecuado entre la laxitud y el orden, entre la autonomía y los procedimientos.

Entre la burocracia y su ausencia.

Instinto básico

De manera aprendida, tendemos a pensar que la forma de tomar una decisión es siempre la de analizar previamente la situación y aplicar un modelo racional.

Esto es cierto siempre que controlemos exactamente los riesgos. Como en la lotería.

Y sin embargo…

Resulta que las investigaciones nos demuestran que hay multitud de escenarios (en Economía, en el amor, en la consulta del psiquiatra…) en los que no existe certeza sobre los riesgos y en los que, por tanto, no es posible contraponer un listado de pros y contras.

En esos casos, la mejor opción, la más racional, es actuar por instinto.

No es que lo dicte el corazón, tal cual nos cuenta un libro de autoayuda.

Es que, muy al contrario, podemos demostrar cómo en estos escenarios en los que “no sabes que no sabes” las actuaciones por intuición son de hecho las mejores disponibles para obtener un resultado correcto.

Ante la siguiente decisión cabe preguntarse si los riesgos (las probabilidades) son conocidas.

Si no lo son, usar la intuición será mucho más eficaz que poner en marcha un tranquilizador pero inútil razonamiento.

El placer de renunciar

Pareciese que viviéramos una crisis que hubiera dado en el talón de Aquiles de la sociedad que hemos creado.

Una en la que jamás, en circunstancia alguna, pasamos por renunciar a nada.

No importa si mueren cientos o si son miles. O si el muerto es mi padre de 80 años.

Yo no me privo de la tradicional barbacoa con amigos, de ir al cine, de pasear por la playa.

«Para una vez que nos juntamos». Ahí tenemos un argumento más que suficiente.

¿Y si el argumento chirría?

Entonces podemos jugar a pretender ser héroes rebeldes en lucha contra un gobierno represor.

Como si además quisiéramos tener razón.

Como si la única verdadera razón no fuera el más absoluto de los egoísmos.

Construido concienzudamente. Selfie a selfie, viaje a viaje, gintonic a gintonic.

Y sin embargo…

Nuestra sociedad se da de bruces con la realidad por segunda vez. Por enésima.

Si no renunciamos, morimos.

Es aritmético, en forma de curva epidémica.

Y una oportunidad para aprender que renunciar puede ser algo inmenso.

Renunciar a salir para cuidar un bebé, a consumir para salvar un mar, a opinar para ser más sabios.

Gracias Carlos Buiza por tus constructivas conversaciones.

Bares llenos, bares vacíos

No entramos en los bares vacíos, sí en los llenos.

En ausencia de otros elementos de juicio, es lo mejor que tenemos para decidir.

Si bien en ocasiones este proceso no es justo ni premia al mejor.

Y sin embargo…

Es una regla del juego que tenemos que dominar.

Entender que, una vez nuestro bar esté medio lleno, podremos jugar a los precios, la calidad, la cocina innovadora, la decoración.

El error más común es jugar a todo eso, incluso de manera impecable, en un bar vacío.

Lo popular está equivocado

Por supuesto que es desagradable ver cómo los negocios tradicionales del barrio son poco a poco sustituidos por franquicias de pizza y de ropa.

Y que es necesario ser crítico con las tendencias de un tiempo acelerado que va erosionando lo auténtico en favor de lo rápido, lo superfluo y lo conveniente.

“Todo lo popular está equivocado” dijo Oscar Wilde.

Y de ahí el espanto de las redes sociales y otros muchos espantos que no hace falta repetir.

Y sin embargo…

Llega un momento en que resulta disfuncional estar en contra de todo lo que trae consigo el tiempo que nos ha tocado vivir.

Hay un punto de aceptación que resulta necesario. No puede ser una pelea continua.

Llevar a cabo acciones concretas para evitar lo que rechazamos es sano, fisiológico, necesario.

Pero lamentarse continuamente porque el mundo no es como una vez fue, resulta en un callejón sin salida; una amargura inerte.

Existe un sutil pero eficaz equilibrio entre ser crítico, a la vez que aceptamos.

Sin juzgar por juzgar.

Anticipar el pasado

Epidemias, campeones de copa, guerras civiles.

Adivinar lo que ya ha ocurrido resulta bastante inútil.

Porque lo siguiente no será igual, sino distinto.

A pesar de lo cual, toda la atención, repetitiva e incansable, va siempre ahí; a lo ya acontecido.

Redes sociales, tertulianos, cuñados en la barra del bar.

Trump y coronavirus, Vox y Podemos, el Barcelona y el Madrid.

Regodearse estérilmente en los hechos consumados.

Porque es fácil.

Porque sobre lo ya ocurrido no hay riesgo en opinar.

Y sin embargo…

Inteligencia artificial, una joven promesa, la tensión entre China y Estados Unidos, el desastre ecológico.

Anticipar lo que va a ocurrir es lo interesante.

Pero de ello hablan muy pocos.

Porque requiere discernimiento.

Porque consiste en transformar la información en conocimiento.

Y en buscar los patrones que se repiten a través de la Historia.

Algo que no se encuentra en Instagram. Ni en el telediario.

Desinfoxicación

El ser humano moderno, sobrealimentado, ingiere más calorías de lo que resulta sano.

Y el ser humano moderno, sobreinformado, ingiere más noticias de lo que resulta sano.

El principal precio que pagamos por recibir demasiada información es el del secuestro de nuestra atención, la cual no puede ser empleada en lo verdaderamente útil.

Hasta aquí, más o menos, lo hemos oído.

Y sin embargo…

La infoxicación trae consigo otro precio que no solemos considerar.

El que pagamos cuando, abrumados por el exceso de datos, perdemos la capacidad de distinguir lo cierto de lo incierto; lo que es plausible o razonable de lo que no lo es.

Hasta el punto de llevar a un número no despreciable de personas a manifestarse contra la inventada creación artificial de un virus, promover el rechazo a las vacunas o sencillamente a defender que la Tierra es plana. Los disparates no tienen por qué tener límite.

Lo paradójico está en que, a medida que la información siga creciendo en internet, más ridículas serán las creencias que algún grupo estará dispuesto a defender.

El fenómeno es curioso, está servido e irá en aumento: a más información, más fácil resultará convencer de ideas más y más absurdas.

Habría sido difícil predecir que, en la era de la información, la desinformación se volvería una amenaza de tan grande envergadura.

¿Qué te tiene emocionado?

Si nos hemos visto últimamente, es probable que te haya preguntado:

«¿Qué te ilusiona o emociona últimamente?»

Conocerlo es una buena manera de entenderse a uno mismo y a los demás; un facilitador a la hora de establecer relaciones consistentes y positivas.

Y sin embargo…

Raramente lo preguntamos.

El truco, como en todos los hábitos, está en hacerlo una vez, y luego otra, y luego otra…

Medio en broma

En serio debemos tomarnos las cosas importantes.

Y sin embargo…

Medio en broma es como hay que tomárselo casi todo.

El humor nos otorga la distancia necesaria para afrontar cualquier adversidad, al menos por unos segundos.

Pocas cosas tan inteligentes como afrontar un conflicto con sentido del humor.

Los hiper motivados

Existen los hiper motivados.

Usuarios de Apple, pacientes del mismo psicólogo desde 1998, lectores de todas tus novelas.

Por alguna razón que ni siquiera tú conoces, tu discurso ha resonado en lo más íntimo de sus inquietudes.

No sólo perdonan tu imperfección; parecen ni tan siquiera percibirla.

Tu promesa, tu solución, conecta tanto con ellos que los hace incansables en cuanto al número de oportunidades que te dan.

Lo sorprendente es que su fe en tu trabajo es en ocasiones mayor que la tuya propia.

Y sin embargo…

Puesto que son diferentes, tendemos a no escucharles.

Paradójico.

Es como si lo que nos ofrecen fuera demasiado bueno para creerlo y por eso no les dedicamos tiempo.

Pero es un error.

Porque existen. Tienen nombre y apellido.

Confían en ti. ¿Por qué no confiar tú también en ellos?

Al timón

A nadie le gusta tener un jefe que vigile en exceso de cerca.

No sólo nos irrita la falta de confianza, sino que además habitualmente nos impide desarrollar nuestras ideas.

Y sin embargo…

A medida que tomamos responsabilidad, a menudo tendemos a caer en lo mismo.

Pero hiper controlar no sólo es negativo para la víctima de nuestra vigilancia.

También es una fuente de ineficiencia para nosotros mismos.

No delegar no es sólo inmanejable porque nos quite tiempo para lo importante, el largo plazo.

Además, nos genera un estrés innecesario, porque estar encima de los temas cotidianos nos acerca a problemas sobre los que ya no podemos actuar, porque son demasiado específicos.

Si tu trabajo está en el timón, acercarte a opinar sobre el motor, el ancla o las velas, no sólo entorpece a los demás; además te distrae de tu rumbo.

Cifras y letras

Las letras son el comienzo.

Porque las letras forman las palabras.

Y las palabras contienen la visión, el sentido, marcan el camino.

Cambiar el mundo, ayudar, progreso social. Palabras.

Sin palabras no hay idea, motivación, liderazgo.

Las palabras convencen mediante las emociones.

Y sin embargo…

En algún momento hay que pasar de las letras a los números.

Porque los números forman las cifras.

Y las cifras contienen los resultados.

10 millones ahorrados, 50.000 vacunados, 167.000 alumnos. Números.

Sin números sólo hay charlatanería; o buenas intenciones en el mejor caso.

Los números convencen a las mentes.

En tu misión necesitarás tanto contar una buena historia como ser capaz de sostenerla con métricas.

Respeto a los mayores

¿De verdad quieres emplear tu tiempo haciendo lobby?

Es innegable que las relaciones públicas son útiles.

Y que en ocasiones el mundo funciona por grupos de presión, no por priorizaciones racionales.

Y sin embargo…

Las relaciones públicas (el lobby) son enormemente costosas en tiempo y esfuerzo.

Su naturaleza humana limita su digitalización y escalabilidad.

Por ello es muy probable que, si no eres un gigante, sea una de las cosas menos rentables en las que invertir.

Mucho más útil resulta concentrarte en tu creación.

Y conservar fresca la idea de que la gente que te atiende de cerca es mucho más relevante que la promesa lejana de los que podrían atenderte. Quizá. Algún día.

Es cierto que en China hay mucha gente. Pero eso no aclara nada sobre cómo tú llegarás a ellos.

Los extraños

Nada más fácil para herir el orgullo de tu gente que traer a un “experto” de fuera.

Con la tribu bien grabada en nuestros genes, inmediatamente lo rechazarán.

Y de ahí la enorme tentación de no traerlos.

Para no desestabilizar, etc.

Y sin embargo…

Contar con alguien ajeno, con la mirada limpia, no solamente hará que mejore mucho tu trabajo.

Pondrá a todos en situación de tener que demostrar. De mejorar.

Por eso, pese al berrinche inicial de tu equipo, contar con los mejores siempre acaba mereciendo la pena.

Sólo a medias

Colaborar, pero a medias.

Resulta siempre una tentación.

Porque permite decir sí, sin decirlo del todo.

Estar, pudiendo estar en otros sitios.

Aportar, pero sin sentir la presión.

A priori parece una buena idea.

Y sin embargo…

No funciona.

Porque la motivación surge de la implicación.

Porque las fechas de entrega sacan lo mejor de nosotros mismos.

Es habitual caer en el error de aceptar la ayuda parcial de alguien porque posee grandes capacidades.

Pero la lección está en que, como en el deporte, alguien muy capacitado sin entrega no ayuda.

Al contrario, va deshinchándose hasta que deja de estar.

El compromiso es la forma. La única forma.

Cuestión de ego

Cuando estamos inmersos en la tarea, podemos tender a pensar que la mayoría de la gente busca un impacto positivo antes que cualquier otro beneficio propio.

Que, ante la posibilidad de un gran final, que mejore la vida de unos cuantos, todos dejaremos a un lado nuestros egos.

Y sin embargo…

No es así.

Estamos bien preparados para defender nuestro pequeño hueco.

Para que nos importe más aparecer como autores que cambiar el mundo.

Ni siquiera tiene por qué ser consciente.

Para diseñar un sistema en el que va a haber personas, no debe subestimarse la importancia que el humano da a su propia firma.

Digitales a la fuerza

Martín Luther King dijo que «siempre es el momento adecuado para hacer lo correcto». O algo parecido.

De modo que, ahora que el teletrabajo ha venido para quedarse, la pregunta natural podría ser ¿por qué no lo hicimos antes?

Ya sabíamos que trabajar en remoto era una opción mejor.

Y sin embargo…

Al parecer había demasiada inercia para ponerlo en práctica, hasta que un virus se ha encargado de decidir lo que nosotros no éramos capaces de ejecutar.

Así que lo siguiente puede ser preguntarnos qué otras cosas estarían mejor de otra manera y podemos poner en marcha hoy, sin esperar a que una coyuntura lo haga en nuestro lugar y a la fuerza.

Como, por ejemplo, dar el salto a la Inteligencia Artificial y el análisis de datos masivos.

La fuerza del especialista

Desde unos grandes almacenes hasta una agencia de viajes, los generalistas tienen brazos muy largos, por definición.

Porque están por todas partes.

Sus contactos y canales son muy diversos.

Son grandes, hacen de todo.

Y sin embargo…

Por mucha que sea su fuerza, no cuentan con tu precisión como especialista.

El conocimiento exacto de algo muy concreto.

La vivencia exacta de los problemas de la gente a la que sirves.

Es importante no subestimar tu puesto de especialista.

Al gran generalista, en tu mundo concreto, le encantaría tener lo que tú tienes.

No lo entiendo

No podemos parar todo el trabajo hasta entender cada detalle.

Lo perfecto es enemigo de lo bueno. Etcétera.

A veces es mejor seguir adelante con una idea aproximada y en el camino iremos entendiendo mejor.

Y sin embargo…

Frecuentemente hacemos trabajo inútil, perdemos el tiempo, repetimos errores… por no decir “aún no lo he entendido”.

Lo malo no es hacerlo por sentido práctico, por no parar al grupo. Eso está bien.

Lo malo es hacerlo sólo para no dar mala imagen. Esto sólo acumula ropa por planchar.

Al hacerlo, dejamos en desventaja a quien está al otro lado. al hacerle creer erróneamente que tienes el concepto; contando equivocadamente con ello, actúa en consecuencia.

Por eso es mejor ser claro.

¿Qué tal algo así?

“Que sepas que aún no lo entiendo del todo, pero vamos a continuar para no parar el proyecto y volvamos sobre ello más tarde”.

Supervivientes

En boca de Nietzsche: Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo.

En efecto, podemos enfrentarnos a las situaciones más duras si tenemos una razón para hacerlo.

Bien lo saben los deportistas, los emprendedores y las madres con tres hijos a su cargo y sin ayuda.

Y sin embargo…

Lo difícil es construir una vida en la que existan los porqués.

Es mucho más fácil quedarse en los qués, los cómos, los quiénes, los cuándos y los dóndes.

Nunca es tarde para mirarse al espejo unos segundos y decirlo: ¿por qué?

El ciclo de las ideas

Cada nueva idea pasa, más o menos, por cinco etapas:

  • Sueño deseable pero inalcanzable a día de hoy
  • Tiene sentido y parece que va llegando, pero no puede demostrarse
  • Empezamos a tener evidencia de que funciona, pero no experiencia en su uso
  • Se generaliza hasta llegar a estar mal visto no usarlo
  • Es ley

Puede aplicarse a un sistema organizativo, a una forma de alimentarse o a una tecnología.

La primera etapa no es muy relevante, más allá de las obras de ficción.

Y de la cuarta y quinta hay poco que decir, porque ya habrá miles de personas que lo digan todo.

Y sin embargo…

Lo interesante está en la interfase entre la segunda y la tercera.

El punto en que arriesgar puede traer un gran beneficio.

Donde cuentan más los principios y el discernimiento, que los métodos y los estándares.

Justo ahí, entre “parece que funciona” y “sabemos que funciona” está el progreso.

Innovar es actuar un minuto de lo sensato.

No es para mí

¿Qué reglas generales no te aplican?

El manual, el colegio, la Universidad, la política de empresa, el grupo religioso,… por definición sus directrices no pueden establecerse de forma individualizada.

Tienen que hablar para el grupo, la media, la mayoría, lo normal.

No lo hacen mal. Es su trabajo.

Si mañana escribes tú una guía, un decálogo; si impartes un curso, harás lo mismo.

Y sin embargo…

Esta historia va de excepciones.

De individuos.

Por eso el éxito es detectar a tiempo cuándo la norma general a ti, en concreto, no te aplica.

Libertad o responsabilidad

La libertad, sí.

No hay por qué ponerla en duda.

Y sin embargo…

La libertad no es la clave.

Es la responsabilidad.

Es decir, el cumplimiento de las demandas que la vida nos va deparando, la respuesta adecuada a las preguntas que surgen en cada situación específica.

La libertad sin responsabilidad corre el riesgo de ser arbitrariedad.

Complemento circunstancial

El qué no lo controlamos.

Tampoco el quién.

Mucho menos el cuándo.

Y sin embargo…

Casi siempre controlamos el cómo.

De hecho, acción a acción, va definiendo quiénes somos.

O cuánto queremos conservar nuestra dignidad.

Por eso conviene recordar a Victor Frankl en “El hombre en busca de sentido”:

Actúa como si vivieras por segunda vez y la primera lo hubieras hecho tan desacertadamente como estás a punto de hacerlo ahora.

Incluso en las condiciones más trágicas podemos elegir quiénes queremos ser.

La huella digital

Si vas a escribir algo en Twitter, piensa, durante medio segundo, qué repercusión podrá tener cuando sea leído dentro de 5 años. Si pasa la prueba, adelante. Si no, ya sabes.

A veces lo hacemos y en ocasiones, no.

Y sin embargo…

Esta inercia, a incorporar, no es opcional.

Es una obligación para con nosotros mismos, inherente al uso de las redes sociales.

Como mirar los semáforos si vas a andar por la calle.

Absoluto o relativo

Si te quito 1 euro, ¿es mucho o poco? Eso depende de si tienes 10 euros o 1.000.000.000 de euros.

Los denominadores importan, porque explican la relatividad de la cuestión.

Por eso ocultar los denominadores es una manera excelente de trucar un resultado.

Por eso en ciencia casi siempre hay que preguntar por los denominadores.

Y sin embargo…

Si una mujer es agredida sexualmente durante 1 hora, ¿importa algo el número de horas totales que esa mujer ha pasado en paz?

No, porque hay situaciones en las que lo relativo no aplica. La seguridad sexual de una persona es un valor absoluto.

Jugar con lo absoluto y lo relativo es una táctica excelente del político que pretende engañarnos con falacias.

Como al decir que las mujeres asesinadas por sus parejas en España (1 a la semana de media) en realidad no son muchas, si se compara con otras causas de muerte.

Como si el valor de esos crímenes fuera relativo, cuando no lo es.

Como absolutos fueron los crímenes de ETA, ciertamente no grandes en número, pero de naturaleza absolutamente intolerable.

La expansión de un incendio quema los árboles que quema, con independencia de que el bosque sea grande o pequeño.

De igual manera, la expansión de una epidemia, mata las personas que mata, con independencia de si lo hace en Andorra o en China.

Aunque contraintuitivo, una epidemia es una excepción estadística, en la que no importa la mortalidad por número de habitantes, sino los muertos totales.

Palabras sagradas

Durante siglos, las personas han acudido de forma regular a las palabras sagradas, contenidas en ese libro en el que se confía por encima de todo, o al menos más allá que lo que se confía en cualquier otro criterio.

La forma habitual para su lectura es a diario, en breves dosis de verdad y sabiduría.

Contar con un libro sagrado es reconfortante e incluso práctico, pues aporta en todo caso un punto de referencia.

Y sin embargo…

Puede que no seas creyente o que seas un racionalista, pero la cuestión está en que no por ello resulta una mala idea contar con tu lectura diaria sagrada.

No tiene por qué hablar sobre mitos religiosos ni tiene por qué tratarse de un libro. Quizá sea un blog o la columna de un periódico.

Lo que sabemos es que contar con esos instantes personales será tan útil como para mucha gente lo fue (y lo es) una escritura sagrada.

Descanse en paz

Si ha muerto el padre de tu amigo, llama. Nada de mensajes, nada de esperar. Llama.

Si has pasado por la muerte de alguien a quien querías, sabes que nada es menos cierto que la idea de que los pésames no consuelan.

Los pésames consuelan, la compañía consuela.

La soledad agudiza el dolor de la muerte, y la presencia de quienes te importan es un bálsamo impagable.

Y sin embargo…

Seguimos buscando los pretextos en cada ocasión.

Pero no hay razones para el egoísmo.

Tu amigo necesita que estés y hacerlo en este momento es inexcusable.

Colón era oriental

Cuando los conquistadores europeos llegaron a la América precolombina encontraron un mundo fascinante (aunque ellos no lo vieran así), si bien con un desarrollo tecnológico que contaba con varios siglos de retraso.

No era un mundo mejor ni peor. Era distinto. Con lo bueno y con lo malo que trae el progreso o la ausencia de él.

En la actualidad, durante un tiempo hemos vivido con la idea de que en el mundo de hoy estas diferencias se estaban aplanando y que, no en lo sociopolítico, donde la Religión y otros factores marcan grandes diferencias por zonas del planeta, pero sí en lo tecnológico, en general vamos todos al mismo ritmo. Esto no quiere decir que la adquisición tecnológica sea la misma en todos los países, ya que el poder de compra establece diferencias. Pero sí la disponibilidad o, dicho de una manera más sencilla, “cuánto sabemos que esas tecnologías existen y que las alcanzaríamos si tuviésemos el dinero para hacerlo”.

Así -pensábamos- salvo algunas comunidades paleolíticas abocadas a la extinción, todos caminamos hacia un desarrollo similar en lo digital y sus aledaños.

Y sin embargo…

Resulta que no es así.

Que como los aztecas, los mayas o los incas, nosotros, en Europa, vivimos en un mundo tecnológico limitado, convencidos de que esto es cuanto existe.

Pero en realidad, al otro lado del mundo, en Asia, el desarrollo de la información y la inteligencia artificial está generando una brecha que empieza a acercarse a la del siglo XVI.

Con lo bueno y con lo malo.

Con una erosión de la libertad mediante la vigilancia policial a lo “1984”, que para nosotros sería intolerable.

Pero también con una tecnología de vigilancia sanitaria que ha detenido la epidemia en tiempo récord mientras aquí, perplejos y enfermos, aún nos estamos preguntando en qué momento nos empezamos a quedar atrás.

Novedades, mi teniente

En el ejército, una de las primeras cosas que se aprende es a dar siempre las novedades al superior.

Nunca guardárselas “por no molestar”. Éste el error del principiante.

Lo mismo hacemos en las guardias médicas; si das las novedades sobre el paciente, nunca te equivocas.

Y sin embargo…

Por alguna razón el instinto nos lleva a no hacerlo.

Pero dar las novedades es una conducta aplicable a innumerables ámbitos de la vida, desde una avería en la casa de la que somos inquilinos hasta un comportamiento sospechoso en el metro.

La regla es fácil: si no eres el máximo responsable y ocurre algo anormal, callarse nunca es la opción correcta.

La fuerza del grupo

La fuerza del grupo es ancestral.

Estamos impecablemente programados para hacer lo que hagan los demás, para no destacar.

Sobresalir es evolutivamente arriesgado y, en la tribu, ¿quién quiere riesgo?

Y sin embargo…

Sobresalir es la única manera de hacer cosas nuevas, interesantes y memorables.

Ésta es la lucha.

La tensión entre el impulso natural hacia la conformidad con el grupo y la consciencia de que sólo con el riesgo de lo diferente vamos hacia el lugar que nos hace mejores.

Personas o papeles

El corto plazo, la urgencia, el fuego,… son los papeles.

El largo plazo, el liderazgo, la confianza,… son las personas.

Cada día nos enfrentamos a una lucha interna; la que sucede entre nuestra inclinación por sacar adelante el trabajo a corto plazo, que es el trabajo documental, y la necesidad de levantar la vista del papel cuando alguien nos pregunta si tenemos cinco minutos.

Ante la disyuntiva, a la hora de priorizar el tiempo, conviene siempre recordar: las personas son más importantes que los papeles.

Ganando tiempo

Baile, cocina, meditación, voluntariado, un proyecto empresarial, un perro.

La mayor parte de actividades que nos hacen felices empezaron a ser parte de nuestra vida en un punto concreto del tiempo.

Y generalmente pasaron meses o años desde que tuvimos la idea hasta que nos involucramos.

De forma que la frase más habitual, en retrospectiva, suele ser “¿por qué no lo hice antes?”

Así que la única solución para evitar esa demora innecesaria pasa por pensar menos y hacer más.

Siempre podemos abandonar aquello que no nos satisface.

Ensayo o error; los humanos, en realidad, no conocemos otra forma.

Y así será siempre

Desde que existe, el humano ha vivido con sus familias extendidas (abuelos, tíos,…). Es un hecho marcadamente antropológico, casi sin excepciones a través de todas las culturas del planeta.

Y sin embargo, desde hace sólo unas pocas décadas, en numerosos países desarrollados, esto cambió de golpe y las agrupaciones familiares se redujeron al núcleo (padres y hermanos).

Lo interesante está en darse cuenta de que si justo antes de que el fenómeno sucediera hubiésemos preguntado a cualquier persona si pensaba que el cambio podía acontecer, podemos estar seguros de que nos habrían contestado “Imposible. Es inherente al ser humano. Así ha sido durante 70.000 años de forma transversal e ininterrumpida. Es algo que nunca cambiará”.

Y sin embargo, cambió.

Resulta difícil a nuestra intuición pensar que algo que “siempre ha sido así”, pueda cambiar, pero no debemos olvidar que casi todo lo que sucede, durante largo tiempo no sucedió.

Alivio de luto

Un incendio que devastó un bosque, una limpieza étnica, una cría de lince muerta a manos de un furtivo.

¿Cuánto tiempo resulta correcto sentirse compungido por una noticia así?

En la sociedad de la inmediatez, del recambio informativo, es casi inevitable sentirse mal por olvidar demasiado pronto; nos hace frívolos.

Pero, por reducción al absurdo, tampoco tiene sentido prolongar la tristeza, la rabia o el pesimismo de forma ilimitada.

Así que, ¿cuánto tiempo es razonable? ¿Durante cuánto tiempo es fisiológico no olvidar?

Lo que ocurre es que la pregunta es tramposa; porque la respuesta no importa.

Porque lo que nos hace sentir mal no es cuánto tiempo guardamos el duelo.

Es no hacer nada al respecto.

Porque la única respuesta es simplemente apuntarse, firmar, pulsar una tecla, sacar un billete.

Lo demás es una huida hacia delante de sentimientos compasivos, que duelen, pero no curan.

Psicología o leyes

Hay sistemas en los que la aprobación depende de la psicología de quien lo evalúa.

De elementos como el miedo, lo políticamente correcto o lo socialmente aceptado.

Y hay sistemas en los que el éxito depende del cumplimiento de las reglas.

De normas cuya observación resulta sencillo objetivar.

La primera cuestión al enfrentarte al proceso es preguntarse ante cuál de los dos casos estás, ya que la estrategia y el discurso serán completamente distintos en cada caso.

En el primero, todo girará en torno a la figura de autoridad, el prestigio, la confianza… buena comunicación.

En el segundo, todo dependerá de los casos previos, la documentación presentada… robusta evidencia.

No tienes mucho tiempo ni recursos; concéntrate en el camino adecuado.

Lo que diga el jefe

¿Cómo tratamos a nuestro jefe?

¿Qué nivel de atención ponemos cuando nos habla?

¿Cómo reaccionamos cuando nos dice algo con lo que no estamos de acuerdo?

La regla es sencilla: trata a todo el mundo como si fuera quien tiene la sartén por el mango.

Y observa los resultados.

Nunca como hoy

Nunca más las cosas serán tan lentas como lo son hoy.

Nunca habrá tan poca gente como hay hoy.

Nunca florecerán tan pocas ideas como lo hacen hoy.

Nunca habrá menos competencia de la que hay hoy.

Por rápido que nos parezca que vaya el mundo, es sólo una ilusión.

El mundo va ridículamente lento comparado con lo que irá en un año, en cinco años, en diez años…

Porque no es cuestión de velocidad, sino de aceleración.

Por eso no es tarde para iniciar un proyecto, un podcast, una asociación,… de hecho es el mejor momento posible desde ahora en adelante.

Porque mañana será exponencialmente más difícil.

Y por eso el momento más fácil para hacer cualquier cosa es precisamente hoy.

Abogado del diablo

“Voy a hacer de abogado del diablo” es la frase que se dice justo antes de emitir la verdadera opinión, sólo para amortiguar la agresividad que implica el argumentar contra nosotros.

Es decir, que puedes considerar que quien lo dice no está en realidad de acuerdo contigo. O que al menos ve problemas importantes en lo que pretendes hacer.

La siguiente vez que saque el argumento (estés tú delante o no) dirá lo mismo, pero ya sin esta coletilla, cuyo objetivo es evitar la confrontación.

Así que considera su afirmación tan relevante como si te la lanzara a bocajarro.

No somos abogados del diablo; somos abogados de nosotros mismos.

Dónde están mis amigos

¿Dónde están ahora que tengo este proyecto, esta idea?

¿Cómo puede ser que todo el mundo hable de ello, lo compre, lo quiera… menos ellos?

¿No debería ser al contrario? ¿No deberían ser ellos los primeros en ayudarme probándolo?

¿No es extraño que los desconocidos me dediquen más tiempo, atención y energía que mis personas cercanas?

Resulta que no es así.

Tus amigos tienen delante de sí una cuestión irresoluble.

No saben si la creencia en ti deriva de que lo que has hecho tiene gran valor o simplemente de que te quieren.

Están demasiado cerca para contar con la objetividad necesaria.

Si te apoyan, no pueden saber si están acertando o se están dejando llevar por sus sentimientos; por eso precisamente no pueden hacerlo.

Los restaurantes no se llenan con los amigos que vienen a cenar.

Y la viralidad no se consigue con los likes de quienes te conocen.

No les culpes. Tu aventura es tuya. No de ellos.

Ellos son tus amigos; no tus clientes.

Y un amigo vale más que todos los proyectos juntos.

Feliz Navidad 2020

Esto no vale para todo el mundo, pero sí para la a mayoría a quienes nos gusta vivir unas navidades en las que abunde el ruido de la familia y los amigos.

Mucha comida y bebida, muchos regalos (caros o baratos, eso no importa), mucha música, niños quizá.

Ese ambiente, que tristemente no existe para muchos por factores externos, viene a ser, nos resistamos más o menos a la idea, como un retrato evaluador de la felicidad familiar que hayamos sabido construir.

La cuestión es que, casi siempre, el alcanzar ese estado depende de quiénes seamos nosotros, de lo que hagamos durante el resto del año, gesto a gesto.

Cuántas veces llamamos por teléfono, cogemos un tren para visitar a alguien, compramos un detalle en nuestras vacaciones de verano,… van determinando cómo de rodeados estaremos cuando se acerque el final del año.

No hay secreto.

Lo que cultivamos, recogemos.

Y lo que hacemos, somos.

Hoy comienza una nueva oportunidad para disfrutar de la Navidad que queremos dentro de un año.

Sólo un poco más optimista

De manera natural e incontrolable, tiendo a pensar en el mundo tan caótico en el que vivimos, en el que la destrucción ecológica y los conflictos políticos, sin olvidar la pobreza, nos llevan por una preocupante deriva. Leo las noticias, cargadas de problemas de alcance global y tengo la sensación de que el mundo es un lugar violento y hostil.

Sin embargo, pienso en los psicólogos que nos recuerdan insistentemente cómo nos traiciona nuestra evolutiva capacidad para apegarnos a lo negativo, como eficaz forma de supervivencia. – No nacimos para ser felices- nos dicen- sino para sobrevivir y aumentar la especie-. Y nada más efectivo para sobrevivir que fijarse en lo negativo, en los peligros, en lo que va mal. Por eso es complicado defender un discurso optimista, empeñarse en que el mundo nunca estuvo tan bien como lo está hoy.

Probemos con algunas estadísticas referentes al último siglo.

En cien años, en el mundo:

  • la esperanza de vida ha aumentado 37 años (se ha más que doblado), habiendo crecido ésta 34 años en África
  • hemos reducido la mortalidad infantil del 18% al 4,3%, con una caída reproducible en todos los continentes
  • hemos reducido la mortalidad materna en un 99%
  • hemos reducido el coste del acceso de la electricidad por 20
  • hemos reducido el coste del acceso al transporte por 100
  • hemos reducido el coste del acceso a las comunicaciones por 1000
  • hemos hecho descender el analfabetismo de un 80% a un 15%
  • los años de educación por sexo han pasado de diferencias de un 100% a un 20% en África o de un 80% a un 10% en Asia

Y desde 1950:

  • El producto interior bruto ha aumentado 3,5 veces (2,8 en Latinoamérica, 7,8 en Asia y 2 en África)
  • La pobreza extrema (se considera pobreza extrema vivir con menos de 1,9 dólares al día) ha pasado en el mundo del 42% al 11%, confirmándose la caída en todos los continentes.

Y lo que más impactante me resulta en materia de optimismo: nunca como hoy murió (en proporción) “tan poca gente” por muerte violenta en el mundo ni hubo un número menor de conflictos bélicos en marcha. Los accidentes de tráfico matan a más gente que las guerras y el terrorismo juntos.

¿Y en España? Desde 1950:

  • Los años medios de educación por adulto han pasado de 3,8 a 11
  • La esperanza de vida ha pasado de 60 a 78
  • La mortalidad infantil ha pasado del 12% al 0,4%

En todo caso recomiendo ver las impresionantes conferencias del recientemente fallecido Profesor Hans Rosling, del Instituto Karolinska…

Pero si el mundo es hoy mejor que nunca, lo que cabe preguntarse es por qué no lo percibimos de esta manera. Aquí van algunas ideas sobre los sesgos de la intuición que pueden estar influyendo:

  1. Nos enteramos de una mala noticia cada minuto, por lo que creemos que son más frecuentes. Dicho de otra forma, mientras las cosas malas que suceden en el mundo no sean cero, siempre habrá una mala notica que dar (para con ello activar a nuestro sistema límbico y así vender más periódicos)
  2. No estamos hechos para ser felices optimistas, sino insatisfechos supervivientes, al acecho de cualquier asunto negativo que incorporar a nuestro sistema de creencias
  3. Confundimos desigualdad con pobreza. La creciente desigualdad en algunos países, como EEUU, Italia, Suecia, Alemania o Reino Unido, nos hace confundir la importancia del tamaño de una casa, frente al hecho de que las personas estén más sanas, bien alimentadas y disfruten sus vidas. Mark Zuckerberg es muchísimo más rico que nosotros, pero su acceso a “lo importante” es fundamentalmente el mismo que el nuestro y, progresivamente, el de más y más gente. Esto no fue así durante miles de años.
  4. Confundimos “el mundo de nuestro pasado” con nuestro pasado mismo. Cuando pensamos en ‘los buenos tiempos’, idealizamos la época en la que crecimos, una época en la que no teníamos que pagar facturas ni teníamos responsabilidades. Como si lo que echásemos de menos no fuera el mundo de nuestra juventud, sino nuestra juventud en si misma.

En todo caso, en mi opinión, y a pesar de todo lo anterior, sí hay algunas razones para estar preocupados por la deriva del mundo. Aquí las expongo:

  • Cada vez es más fácil que una persona pueda hacer daño a muchas personas; fundamentalmente por razones tecnológicas
  • Seguro que llegaremos a saber cómo sostener el planeta… pero no sabemos si será a tiempo. No queda claro si llegaremos a evitar el desastre ecológico al que en la actualidad nos dirigimos. Todo apunta a que no.
  • Las 100 personas más ricas del mundo tienen lo mismo que la mitad -4.000            millones- más pobre de la humanidad (por mucho que desigualdad no sea pobreza, esta estadística es alucinantemente injusta)
  • En 1940 había 7 muros fronterizos en el mundo; en 2019 hay 77. En contra de lo que creemos, no es el dinero lo que domina el mundo, sino las ideologías, los mitos nacionalistas y las religiones; mi preocupación radica en que frecuentemente se fanatizan y en que, con frecuencia, estos mitos son la causa de esos muros.
  • Hay elementos caóticos e impredecibles (energía nuclear, meteorito,…), si bien son poco probables

Con todo, el futuro no es un lugar al que vamos, sino un espacio que estamos creando, en el que tenemos que tomar decisiones en las que se contraponen: utilidad o intimidad; seguridad o libertad; comunicación o secreto; especie o individuo; supervivencia o felicidad; democratización o el valor de lo único.

Qué camino tomaremos, está aún por ver.

La lotería irracional

En un día pre navideño en Madrid, los cientos de personas que hacen cola bajo la lluvia durante las horas de su sábado, sonrientes, para comprar un décimo de la lotería del Gordo en Doña Manolita, nos están enseñando una valiosa lección: los humanos pueden tener comportamientos extremadamente irracionales.

Porque la probabilidad de que les toque la lotería (que por cierto es asombrosamente baja cuando se hacen los cálculos) es exactamente la misma si lo compran en la administración de la calle paralela, que permanece vacía; o incluso si lo adquieren por internet.

Pero todo eso a los humanos les da igual.

Porque estamos maravillosamente diseñados para creer en los mitos, las supersticiones y los rituales.

Porque en 2019 el pensamiento mágico domina nuestras vidas tanto como en el Paleolítico. Otros pensamientos, misma magia.

Por eso la Economía del Comportamiento lleva años estudiando los laberintos por los que discurrimos cuando optamos por conductas económicamente ilógicas; algo que hacemos a diario ante elementos relevantes, como los descuentos, las hipotecas, las pagas extra, los planes de pensiones, etc.

Algo fundamental, la irracionalidad, a considerar cuando diseñamos cualquier sistema en el que los humanos vayan a tener que hacer elecciones.

O sea, en todos los que se conocen.

Así que me voy en este momento a comprar un décimo, porque ¿y si toca?

Esto no pinta bien

Una parte de nuestro cerebro parece estar perfectamente destinada a anticipar la catástrofe, sea ésta cierta o no.

A menudo este fenómeno psicológico ocurre con los proyectos, las conferencias, las competiciones.

Conforme se acerca, más potente es la ilusión de fracaso que se presenta ante nuestra visión anticipatoria.

Hasta que llega el momento.

Y el resultado es bueno.

El proyecto sale.

Felicitaciones.

Alivio.

Guardemos la calma. Si se han hecho los deberes, poco importa lo que nos haga creer nuestro cerebro evolutivo; lo que ha de salir bien, saldrá bien.

Y lo mismo aplica, por supuesto, en el caso opuesto.

Nuevo por definición

En la innovación no hay publicaciones previas, ni regulaciones, ni certificaciones… por definición.

Esto es lo que caracteriza a algo nuevo; como no se ha hecho antes, no ha dado tiempo a que se generen organismos ni estándares.

Si estamos ante algo novedoso, no nos quedará más remedio que transitar por un camino más difícil que demandar el certificado de calidad A1J742: juzgar por nosotros mismos, probar y esperar resultados.

No es cómodo, desde luego. Las herramientas de estandarización tienen por objeto hacernos la vida más fácil. Pero también traen consigo el coste de invitarnos a no pensar.

Si alguna vez me preguntas por un sello de calidad es probable que te responda: “creemos juntos uno que los demás usarán de ahora en adelante”.

Esos aburridos valores

Los valores corporativos. Esos que aparecen en la página web. Tan aparentemente aburridos.

Son de todo menos inútiles.

Una de sus diversas utilidades consiste en que nos ayudan a evaluar a los miembros del equipo. O lo que es lo mismo, a ascender, contratar y despedir.

El terreno de las personas en una organización siempre es el más resbaladizo. De repente no hay guía ni sistema que nos ayude a comportarnos con objetividad.

Y es en ese momento cuando resulta que contamos con un aliado que nos saca de la viscosidad de lo emocional y lo psicológico: los valores que aprobamos hace unos años y que adornan la pared.

¿Esta persona demuestra tener esos valores? Está dentro. ¿No lo hace? Está fuera (una vez dada la oportunidad para cambiar).

Nunca algo tan teórico e impráctico se convirtió de golpe en un aliado tan útil.

Colgar las botas

Ese fue siempre el broche elegante a una magnífica carrera.

Saber dejarlo en lo más alto, antes de que llegase la decadencia.

Lo que ocurre es que no es fácil. Nos aferramos al éxito, al control.

La clave está en darse cuenta de que, por mucho que se haya acertado en el pasado, hay un momento en que podemos empezar a molestar.

Típicamente, los fundadores de los proyectos se equivocan, por ejemplo, al poner precio a su producto (lo ponen demasiado bajo porque su avidez porque todo el mundo lo tenga supera a la necesaria sostenibilidad).

Has puesto mucho en juego. Se ha convertido en tu vida. Hay demasiadas emociones.

Mejor hazte a un lado.

Te lo has ganado.

El borrador eterno

Tu producto, tu trabajo, empieza a ser realmente bueno cuando te das cuenta de que nunca habrá una versión definitiva.

Cuando empiezas a tratarlo como la última versión de un borrador eternamente inacabado.

Cuando por fin estás cómodo, asumiendo que lo que ya sabes acerca de la vida, aplica también a tu trabajo: no es una meta, sino un camino.

Navidad de reflexión

Si quieres organizar un evento en el que la gente reflexione, el mejor momento es la Navidad.

Estamos a un tiempo razonable de organizarlo todo.

Es un momento perfecto para elegir una fecha y escribir en un papel qué necesitas cambiar en el grupo.

Desenfoque temporal

Cuando aún falta tiempo para que lleguen, los compromisos incómodos no lo parecen tanto.

Algunos experimentos psicológicos nos han enseñado que, ante una cena o un madrugón que no nos apetece (no nos apetecerá), no ponemos impedimentos si distan aún varias semanas hasta su llegada, debido a que no tenemos una imagen nítida del sacrificio que realmente supondrá.

Los pequeños detalles que hacen incómoda cualquier actividad (conducir, salir a la calle con frío, conversar con quien no nos apetece, la falta de sueño…) parecen no existir en la borrosidad de un futuro que perfilamos de forma grosera.

Lo curioso es que este fenómeno consistente en la atenuación de la negatividad provocada por la lejanía temporal no mejora con la experiencia. Caemos una y otra vez.

Por eso seguimos aceptando compromisos con alegría, de los cuales nos arrepentimos en cuanto se acercan, hasta el punto de acabar en ocasiones cancelándolos.

Antes de aceptar algo que en realidad dudamos “porque aún falta mucho” es importante recordar: lo que ahora está lejos, en breve será literalmente mañana.

Si no vas a querer hacerlo, el momento para rechazarlo, aunque no lo parezca, es ahora.

Dinero fácil

La mayoría de las personas que se encuentran con una fortuna repentina, no la gastan de la forma adecuada.

Tiene que ver con una especie de equilibrio natural por el que el dinero sólo se encaja bien si su cuantía es armónica con la forma en que se ha ido ganando.

Por eso casi nadie es más feliz ni tiene una vida mejor tras una jugosa herencia, un éxito en el mundo del espectáculo o un premio de la lotería.

Porque la capacidad adquisitiva sólo es de ayuda cuando viene proporcionada, acompasada, con una vida cuyo esfuerzo ha ido encaminado, progresivamente, hacia su consecución.

Porque el único dinero que se disfruta es el que se valora; y el dinero fácil es por definición un dinero sin valor.

Por favor, cuéntame

Un gesto llamativamente inatento y poco profesional es el que sucede ante un mostrador cuando, al acercarte, quien te atiende te invita a hablar sin haber levantado la cabeza para mirarte. Su desinterés queda patente y la desconfianza que nos genera es inmediata.

Podemos aprender de ello.

De forma que cuando alguien viene a nuestra mesa a preguntarnos algo, podemos girar el tronco (o la silla si es giratoria) es su dirección para escucharle, en lugar de continuar mirando al ordenador, mientras le pedimos que nos cuente… o, idealmente, nos levantamos de la silla y nos ponemos de pie, como él, para que pueda contarnos lo que le preocupa.

Experiencia

Predomina un relato en el tiempo que nos ha tocado vivir (en los países desarrollados) por el cual asumimos una idea que se apega a nuestra sociedad con fuerza: cuantas más experiencias, mejor.

Más viajes

Más fiestas

Más series de televisión

Más conciertos

Más gastronomía

Más relaciones sexuales

Más redes sociales

Más experiencias, mejor. Ese es el mantra posterior a la aparición de la Seguridad Social -una vez la supervivencia está asegurada, podemos pasar a preocuparnos por estas cosas-.

Y existe sin embargo una sensación íntima y personal, por la cual la acumulación de vivencias en realidad no nos satisface. Al contrario, lejos de hacernos más felices, nos genera un extenuante estrés dirigido siempre hacia el siguiente estímulo.

En los últimos años, abunda la evidencia psicológica que viene a demostrarnos que el ser humano está hecho para los detalles pequeños y cotidianos. Que nos sentimos más satisfechos en el disfrute sosegado de una vida en comunidad, incluso con los sacrificios que ello conlleva.

Las personas que generosamente cuidan parejas, ancianos, animales, niños o plantas son más felices que las que viven en la eterna huida hacia adelante del próximo gran apunte de adrenalina.

Conviene pararse un momento a recordar al cordobés Séneca, cuando con sabiduría universal nos dejó con una magnífica idea, hoy también aplicable: “La felicidad verdadera es serena”.

Lo celebro

Que no se nos olvide celebrar.

Porque lo instintivo es no hacerlo.

Porque estamos programados para la insatisfactoria búsqueda de más.

Pero celebrar no sólo nos hace más felices al dar sentido a nuestros logros…

…además, volviendo al pragmatismo y a los objetivos, graba en nuestros neurocircuitos de recompensa lo necesario para motivarnos la próxima vez que haya que perseguir un objetivo.

¿Qué éxito no tan lejano aún estamos a tiempo de celebrar?

Éxito o reconocimiento

Porque no son lo mismo.

Una cosa es el reconocimiento. Esa espuma volátil que dura un rato. Enormemente satisfactoria al principio… hasta que la timidez (el pudor del “famoso”, tan típica de los artistas) empieza a comerle el terreno al bienestar y entonces sólo se desea el anonimato y la discreción.

Y otra muy distinta es el éxito, que es básicamente haber conseguido lo que se quería.

El reconocimiento está bien si se cumplen un par de preceptos al experimentarlo:

  • Usarlo como herramienta para alcanzar el éxito. Es publicidad gratuita. Punto.
  • Reírse de uno mismo al encararlo, recordando que esa efervescencia es transitoria.

Es más probable cambiar el mundo si no te importa demasiado llevarte el mérito de hacerlo.

Liderazgo vertical

Los malos líderes lideran hacia arriba; a quien atienden es a sus jefes.

Los buenos líderes lideran hacia abajo; a quien atienden es a su equipo.

Los malos líderes son una correa de transmisión; lo que viene «de arriba», tal cual lo ejecutan.

Los buenos líderes son amortiguadores; lo que viene «de arriba» lo tamponan con su criterio.

Ritmos naturales

Regar más veces las plantas no las hace crecer más deprisa.

Hay un tiempo, un ritmo natural que no podemos modificar aunque queramos.

En la sociedad de la inmediatez hemos generado la artificiosa sensación de que, con más esfuerzo, más dinero, más “likes”, más publicidad, más correos electrónicos, más reuniones… todo puede acelerarse.

Pero a menudo no es cierto.

Algunas cosas, con frecuencia las más relevantes, requieren un tiempo inmutable.

¿Y por qué?

Porque la cabeza va deprisa, pero las emociones van despacio.

Y aunque nos incomode, son las emociones las que en realidad rigen la vida y sus decisiones.

Resistencia y estrategia

En todos los libros del aeropuerto dice que hay que estar listo para el cambio, que no puedes dormirte en los laureles, que hay que cambiar la estrategia continuamente.

¿Pero por qué?

Probablemente porque es tu propio éxito el que genera nuevas resistencias.

Cuanto mejor te vaya, más bulos, más impedimentos, más exigencias, más papeles a rellenar.

Cuando estás emprendiendo una joven idea, la simpatía que despiertas te allana el camino.

Pero con tu acumulación de poder y éxito vienen las barreras, las resistencias.

Por esa razón hay que ir cambiando dinámicamente la estrategia. No es, como dicen los manuales de autoayuda, porque el mundo cambie.

Es porque lo cambias al avanzar.

No es tan difícil

Si fuera tan difícil, nunca nadie haría nada.

Si de verdad sacar un proyecto adelante fuera tan complicado, no habría éxitos continuos, proyectos estupendos, ideas magníficas, descubrimientos impresionantes… todos los días.

Alguna sencillez, alguna facilidad tiene que haber.

Resulta que, en efecto, en cuanto se da con la tecla, las cosas van rodadas.

Siempre hay amenazas, pero también es cierto que éxito llama a éxito, que las fórmulas son replicables, que una vez en marcha se tiene la posición más privilegiada para aprender cómo ser mejor…

Se habla de las barreras, pero no tanto de los factores que nos ayudan.

Además, desde la meta hay un incentivo a decir que todo fue muy difícil, porque eso engrandece la epopeya. Pero a menudo no es tan cierto.

Sí hay administraciones, gestores y políticos que ayudan.

Sí hay “early adopters” que nos dan una segunda oportunidad.

Sí hay gente cualificada que se suma a nuestro proyecto sin cobrar porque le entusiasma la idea.

Sí hay subvenciones y préstamos.

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Podemos cambiar la narrativa y dejar de decir que “todo son impedimentos”. Porque no es cierto.

Hay impedimentos pero también hay palancas.

Y es nuestro trabajo accionarlas.

Zoom

No podemos concebir una cámara sin zoom. A veces es necesario enfocar el detalle y, en otras ocasiones, es el gran angular el que mejor capta el momento.

Lo mismo ocurre con el conocimiento.

En ocasiones, es el conocimiento especializado del técnico el que consigue el resultado preciso, el que logra el avance.

Pero no es menos relevante (aunque lo intuitivo sea menospreciarlo), el conocimiento general, que da contexto, traza las grandes líneas, divisa el camino.

En tu proyecto y en tu institución quieres tener expertos, pero también visionarios.

Quieres tener delanteros y también entrenadores.

Quieres cirujanos y gerentes de hospital.

Tú mismo quieres dedicar tiempo a desmontar las piezas, tanto como a entender el mundo que te rodea.

El síndrome del residente

Los médicos pasan 4 ó 5 años especializándose, en una especie de programa de becarios remunerado, que mundialmente se conoce como la “residencia”; y por extensión, a los médicos que se encuentran en este periodo de formación, los llamamos residentes.

Los residentes aprenden de sus mayores, los especialistas, razón por la cual a menudo acontece un curioso fenómeno.

Si, terminado su periodo de residencia, el sujeto obtiene un contrato en el mismo hospital en el que se ha formado (hecho que unas veces sucede y otras no) es frecuente que por una sencilla extensión psicológica, éste arrastre la condena de ser visto y tratado por sus compañeros como una especie de aprendiz eterno (o indeseablemente duradero).

Si, por el contrario, el recién especialista inicia su etapa en un nuevo hospital, allí esto no sucederá, porque los que le reciben nunca le vieron como alguien “en formación”, sino como un especialista más, al que acaban de conocer.

El síndrome del residente, que aquí acuño, está presente en realidad por todas partes…

Si inicias una relación con una institución para crear un proyecto nuevo, es bueno tener en cuenta que ése que te da la oportunidad, siempre te verá como un principiante, no como un profesional.

Para seguir avanzando, será necesario hacerlo con alguien que no te conoció en la etapa en la que estabas descubriendo cuál era el mejor camino.

Para nuestros padres, siempre seremos niños.

Cogiendo la ola

Cuando se ha estudiado cuál es el denominador común más frecuente de los proyectos con éxito, el resultado ha sido contundente: el momento adecuado.

Por encima de cualquier otro aspecto, coger la ola en el instante exacto, ni antes ni después, resulta lo más esencial.

La gracia está en que para coger la ola hay que adelantarse unos segundos, incluso cuando nuestros ojos aún no son capaces de distinguir la formación de la onda.

Es más, cuanto más ajustemos el momento, más errores nos podemos permitir en la ejecución.

Es obvio que llegar tarde es un error.

Pero es menos intuitivo, y también cierto, que incontables buenas ideas no han funcionado por lanzarse demasiado pronto (otros que hicieron lo mismo simplemente unos años después sí lo consiguieron).

Quien observa tendencias, entiende el mundo; quien anticipa tendencias, lo cambia.

Compañeros de camino

Todo innovador sabe que existen unas personas distintas, naturalmente dotadas para inclinarse por lo nuevo, aún cuando es imperfecto y se encuentra en plena creación.

Estos “early adopters” son cruciales para que cualquier idea nueva pueda salir adelante. Nos dan la oportunidad simplemente porque les gusta contar con lo último.

Esta figura consta en cualquier libro sobre emprendimiento.

Lo que no viene en los libros es que hay dos tipos de “early adopters”.

Los genuinos son los que aman la innovación en si misma, de forma que, ante nuestros errores y servicios incompletos, continúan apoyándonos, hasta que tenemos la oportunidad de iterarlos.

Los ficticios son los que buscan su propio posicionamiento. Se distinguen porque ante el mínimo fracaso desaparecerán, sin cogernos el teléfono.

Ambos ayudan a sacar adelante nuevos proyectos, pero conviene saber ante cuál estamos en cada caso.

Profeta en tu tierra

Por supuesto que tendrás críticos. Cada vez más.

Hace tiempo que te diste cuenta de que es inherente al éxito.

Cuanto más destaques, más críticos.

Sabes también que no debe preocuparte, que es una distracción a evitar, que les pasó a todos los que destacaron.

Pero poco a poco vas descubriendo una verdad más dolorosa, que no está en los libros sobre el liderazgo y el éxito.

Los que más te critican son los tuyos.

Con los que te formaste, con los que trabajaste.

A ellos como a ninguno les molesta que hayas elegido otro camino y te vaya bien.

Eres el vivísimo recordatorio de lo que podrían ser y no han sido.

Y sí, muchos se quedaron ahí porque querían, porque eso les hacía felices. Pero resulta que esos no son los críticos.

Son los otros. Los que habrían querido hacer lo mismo que tú, pero no vieron el camino, no encontraron la oportunidad, se perdieron en la rutina.

Para aliviar el pesar que te produce oírles ahora decir todo eso, es importante recordar la clave psicológica de la comunicación: como le hablamos a los demás, nos hablamos a nosotros mismos.

Y de una vez asumir: nunca serás profeta en tu tierra.

El terror de un troll

A estas alturas, no es nuevo que los trolls o haters existen.

Son las personas que torpedean lo que haces, por buena que sea tu intención. “Dígame qué idea trae, que me opongo”.

Han estado, están y estarán.

La nueva forma de hacer las cosas atenta contra su modus vivendi o contra su sistema de creencias; y ya es tarde para que se adapten.

También sabes que son una minoría… que la otra gran mayoría es feliz y no destruye ni odia por sistema.

Por eso, como en el terrorismo, su éxito es directamente proporcional al tiempo que les dedicas o al temor que les profesas. Porque, sin siquiera darse cuenta, ése es su objetivo.

Y si no se lo das, si continúas tu camino, sirviendo a quienes quieren escuchar, entonces automáticamente han perdido.

Sin terror no hay terrorismo.

Y sin atención inmerecida, ya no hay trolls.

Dos no discuten…

Si pierdes una discusión, has perdido.

Si ganas una discusión, has perdido.

Ganar una discusión lesiona el ego de quien tienes delante y le encierra aún más en su postura frente a ti.

Convencerse a la fuerza es cualquier cosa menos convicción.

Discutir es una mala idea. Lo interesante es curiosear acerca de la postura contraria, darle vueltas, ponerla del revés, manosearla, aprender de ella… para cuando vayas por la mitad del camino, el otro ya estará más que convencido de que merece la pena escucharte.

Y el ganador es

Si me llamas para que te ayude a innovar, ya te adelanto lo que voy a aconsejarte.

Convoca un concurso.

Las competiciones son una herramienta excepcional para motivar. Generan intención, emoción, conversación en la cafetería.

Sacan lo mejor de la gente, consiguen los desvelos que todo buen proyecto requiere.

Hacen tabla rasa entre expertos y noveles, eliminado prejuicios curriculares hacia la consecución de la solución para un problema concreto.

Bien lo saben los que tienen que repartir el dinero para investigación científica.

Y sin embargo…

Y sin embargo, para el que está empezando un proyecto sólo valen la primera vez.

Importante es ganar un concurso para lanzar algo a la realidad. Pero igualmente arriesgado es caer en la tentación de intentar sostener un proyecto a base de concursos.

La energía que debemos poner en montar un modelo sostenible, por el que alguien esté dispuesto a pagar, puede fácilmente disiparse de convocatoria en convocatoria.

Más peligroso aún, generan una falsa sensación de éxito, con la comodidad de no tener que mostrar ningún resultado.

Es pan para hoy y hambre para mañana.

Con uno o dos concursos es suficiente. El resto no son para ti.

El pilotismo

Pocas cosas hacen más daño a la innovación que un “piloto”.

Hacer pilotos funciona para una serie de televisión o para una promoción de viviendas, pero no para proyectos innovadores.

Un piloto es una herramienta excelente cuando no existe un criterio suficientemente formado para tomar una decisión y quiere postergarse la responsabilidad de hacerlo.

La excusa ideal para no mojarse, para no arriesgar.

Como si arriesgar (una vez analizadas concienzudamente las opciones) no fuera la única forma de conseguir el éxito.

La inmensa mayoría de los pilotos obtienen el mismo resultado: “no concluyente, hay que ampliarlo para comprobar su verdadero impacto”.

Estupendo, pero esa ya lo sabíamos antes de empezar.

Es como si, ante la duda de si un ibuprofeno va a funcionar, diéramos la centésima parte de la dosis.

El pilotismo mata las buenas ideas.

¿Qué tal si en vez de en pilotos pensamos en una prueba gratuita?

Eso es lo que demandamos cuando somos capaces de estimar a priori la utilidad de algo, pero no estamos seguros de si es o no para nosotros.

Yo creí en ti

Tus primeros usuarios, tus primeros clientes. Los primeros que creyeron en ti no van a tolerar que ahora mandes a otro a hablar con ellos.

Está bien que hayas crecido, que tu proyecto sea un éxito y que ahora tu foco esté en expandirlo por el mundo.

Pero esto a ellos les da igual. Por algo estuvieron ahí desde el principio y es a ti a quien quieren. Al original. Al creador.

No los culpes. Es parte del juego. Más bien guárdate unas horas para atenderles durante largos años.

Se lo han ganado.

Sólo ante la decisión

Hay consejos.

Hay listas de pros y contras.

Hay expertos.

Hay ventajas e inconvenientes.

Hay libros.

Hay páginas web.

Hay métodos para evaluar si sí o si no.

Hay una cantidad infinita de información.

Y al final, hay una dura verdad.

Que lo que estamos haciendo no se ha hecho antes.

Y por tanto y por definición sólo nosotros podemos intuir cuál es la opción correcta.

Lecciones del esquí

La única vez en mi vida en que recibí una clase de esquí, el profesor me dio un consejo utilísimo, que hizo mejorar mi nivel de forma inmediata (pasando de terrible a medio malo).

Como en un coche, me dijo, si miras a la carretera justo al lado, sientes el miedo de la velocidad. Pero si miras al frente, los árboles aparentan pasar despacio y desaparece la sensación de peligro.

Desde entonces, al no mirar al suelo ni a los esquíes, soy capaz de bajar las pistas, mejor o peor, pero sin estrés.

Lo mismo ocurre con los proyectos…

Cuando estás metido, ante el micro problema, la factura, el resultado, la avería, la queja,… la sensación es de vértigo, de accidente inminente y catastrófico.

Pero si levantas la cabeza, respiras, piensas en lo que has recorrido, ves el valle al fondo en silencio,… una cierta quietud te tranquiliza, para seguir descendiendo, sorteando obstáculos, disfrutando, entendiendo que avanzar no es otra cosa que aplicar una serie de técnicas en un continuo equilibrio dinámico.

Dinero y honor

Ese hermano o ese primo que se llevó en la herencia más de lo que debía, te hizo una gran faena.

Y no por el dinero que te ha hecho perder, sino por el dilema ante el que te ha puesto; un conflicto prolongado en el tiempo del que no sabes cómo salir.

Si lo olvidas, lo perdonas, te sentirás eternamente tonto. Es tu honor, tu orgullo, el que estará lesionado para siempre. Resulta hiriente que se salga con la suya.

Si decides hacer “justicia” no hablándole nunca más, habrás perdido un hermano (o un primo), tus cenas de Navidad serán más tristes y tus hijos, veinte años después, dirán que con ellos no iba la cosa, que a ellos les habría gustado tener más niños con los que jugar.

Resulta que el estudio científico más largo jamás llevado a cabo, ha seguido la vida entera de cientos de personas, para finalmente comprobar qué les hizo más felices o infelices.

Y sí, la soledad provocada por los conflictos interpersonales prolongados, era la primera causa común para una vida infeliz.

¿Qué tal usar esto para darle la vuelta? Pensar que no eres tonto si estás haciendo lo que racionalmente es mejor para tu felicidad, si reconoces que una vida satisfactoria es infinitamente más importante que el orgullo de poner las cosas en su sitio.

Tu bienestar frente a su inconsciencia.

A menudo, si no siempre, es más importante ser feliz que tener razón.

Y el dinero no es honor. Es sólo dinero.

Mejor apagarlo

Puede que sea poderoso el impulso de publicar en las redes ese artículo con el que tan de acuerdo estás o ese chiste tan increíblemente ingenioso. Pero hay algo que la experiencia nos enseña: la satisfacción de hacerlo es efímera.

Aun así, si publicar en redes sociales saliera gratis, no perderíamos nada. El problema es que no lo es.

Cada minuto que pasamos compartiendo o leyendo en una red social, no estamos jugando con nuestros hijos, leyendo, acabando un informe, haciendo deporte o cocinando una dorada al horno. Tiene el precio más alto posible, nuestro tiempo, a cambio de una muy escasa recompensa.

Sin entrar en los perjuicios psicológicos por la sensación artificial de que las vidas de los demás son mejores que las nuestras, o en la exposición al odio agregado y a la publicidad encubierta,… sólo por el hecho de que lo que más vale en el mundo que nos ha tocado vivir es nuestra atención… y la estamos entregando a cambio de muy poco… sólo por eso, a veces, es una buena idea apagarlo.

Hablar de mi libro

En el mundo hay mucho conocimiento. Más del que podemos absorber. Más libros buenos e interesantes de los que podemos leer (o escuchar).

Por eso, quizá es buena idea pensarlo dos veces antes de escribir un libro que no contenga ninguna idea original, ninguna verdadera historia nueva que contar.

Si has contactado conmigo para que escriba un libro o incluso un capítulo, es probable que, no sin pasar un rato incómodo, haya declinado tu amable invitación. La razón es que no me parece honesto (ni útil) volver a decir lo mismo que ya han dicho otros.

Porque el tiempo que los demás usarían en leerlo, pueden usarlo para otras cosas mejores…

Y sobre todo porque tu tiempo, si eres quien iba a escribir, también tú lo usarás en cosas más útiles, como por ejemplo leer a otros hasta dar con la idea que aporte algo que merezca la pena contar.

Lo peor que puede pasar

¿Qué harías si no tuvieras miedo?

Me refiero a qué harías si tuvieras la misma familia, el mismo dinero, la misma situación física,… todo igual, pero sin miedo.

El miedo es el alfa y el omega de las vidas incompletas, de los ojos como platos a las tres de la mañana, pensando en todo lo que íbamos a ser y no hemos sido.

No es fácil superar el miedo, pero aquí va un bastón para empezar a andar.

Consiste en preguntarse una y otra vez “¿qué es lo peor que puede pasar?”

Al accionar esta pregunta, sucede que todo ese lugar amorfo al que tanto tememos, se ilumina para enseñarnos que lo que de verdad debe darnos miedo es no haber hecho mientras podíamos hacer.

Ponga un TDAH en su vida

A nuestro alrededor tenemos incontables adultos con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

Lo más probable es que lo heredaran, así como que hayan pasado la vida sin saber que lo son; frustrados por perder innumerables llaves, carteras, aviones y parejas. Es lo que caracteriza a un TDAH: lo pierde todo porque no está atento a casi nada.

A casi nada, porque hay unas cuantas cosas a las que están muy atentos, tanto que su hiper concentración en las tareas que les atraen les hace ser excelentes en ellas.

Son difíciles de tratar, desastrosos a veces, inconsistentes a menudo… y desde luego no pretenda que hagan una actividad por la que nos sienten interés. Ahora bien, si necesita un buen vendedor, líder o comunicador, ponga un TDAH en tu vida.

No verá a alguien dedicarse a una tarea con mayor intensidad y asombrosa capacidad de ejecución.

Nómada y sedentario

Un proyecto necesita, sin duda, una persona que lo dirija. Alguien que conozca todos los mecanismos internos, que detecte cuándo las piezas no encajan y que mantenga a la organización alineada y satisfecha con lo que hace.

Pero lo que a menudo se nos escapa es que un proyecto necesita, además, alguien que se ponga la mochila y salga a descubrir. Un explorador que pase la mayor parte del tiempo fuera de casa, hablando, tomando ideas, contando a los demás su misión.

No es un comercial ni un responsable de marketing. Es un trabajo mucho más intangible y difícil de medir, porque tiene que ver con las personas y con las ideas, no con los procesos o los documentos.

La inmensa mayoría de los proyectos cubren la primera parte, pero es la segunda parte, casi siempre olvidada, la que encierra el secreto de los éxitos y los fracasos.

Marcoaldanismo

El marcoaldanismo es la cultura de no pensar, de no elegir.

Es el camino rápido, atraído por la aparente garantía que ofrece el letrero conocido.

Lo que ocurre es que a menudo no es cierto que la marca garantice nuestro bienestar.

Obviamente, no sólo aplica a las peluquerías, sino a todo. Restaurantes o tiendas de muebles son también parte del marcoaldanismo, la corriente cultural de lo ultra acomodado, responsable de hacer desaparecer lo original, lo novedoso, lo cuidadosamente mimado antes de levantar la persiana.

Antes de poner el piloto automático, puede merecer la pena dedicar 30 segundos a pensar qué es lo que en realidad nos hace más felices, una vez estamos allí, hablando con quien nos atiende.

Nota: el marcoaldanismo no es un concepto mío, sino del Dr. Jaime Villanueva, médico de familia y DJ aragonés.

Estudiando la perspectiva

Quizá conozcan la fábula…

Un viajero ve a un lado de la carretera a un hombre que parte piedras golpeándolas con un mazo. Su rostro expresa desdicha y sus gestos, rabia. El viajero se detiene y le pregunta:

¿Señor, qué hace?

Ya ve usted – le responde el hombre – no he encontrado más que este oficio estúpido y doloroso.

Algo más lejos, un segundo picapedrero aparece radiante de felicidad. Sonríe al demoler la masa pétrea y mira placenteramente las lascas de piedra.

¿Qué hace usted? -le interroga el viajero

¿Yo? -responde el hombre- ¡Construyo una catedral!

Picar piedra es costoso pero fácil.

Lo difícil e interesante es no dejar de imaginar la catedral.

Por su propio peso

Si en la calle encontramos a un grupo de personas situadas alegremente junto a un puesto que anuncia un libro religioso, ¿qué pensamos de ellas?

A menudo, sin titubeo, asumimos que viven en un gran error de perspectiva, fruto de alguna idea arbitraria que un caldo educativo concreto consiguió meter en sus cabezas, y que, con posterioridad, una dinámica de grupo alcanzó a consolidar y expandir, hasta convertirles en personas intolerantes y fanáticas.

-Qué equivocada está esta pobre gente– pensamos mientras nos dirigirnos a la manifestación en defensa de nuestra nación…

Sexo gourmet

Todos somos conscientes del auge de la gastronomía en los últimos años. Pues bien, ¿no podría ocurrir lo mismo con el sexo en los años venideros?

Cursos a los que asistir con tu pareja (o sólo), tiendas gourmet (de esto ya hay algo)… piénsalo. Los elementos sociales que mayor éxito tienen son aquellos más pegados a la biología, a lo que sea que el sistema límbico procesa. Ocurrió con la comida, al pesar de ser algo prosaico y simplemente necesario, al mundo del disfrute y la creatividad hiperbólica.

Al mirar a Japón y sus acercamientos peculiares al sexo, cabe preguntarse si en unos años habrá una explosión tal que todo lo que rodea al sexo quede normalizado y, como consecuencia, se extienda.

Es sólo una idea, que cambiará el mundo si se hace realidad.

Estoy reunido

¿Puedes resolverlo sin una reunión presencial?

La inmensa mayoría de las cuestiones pueden abordarse con:

  • un documento sobre el que colaborar en remoto – es la forma más costosa en esfuerzo y a menudo la más efectiva hacia la resolución del problema
  • otras formas de comunicación; por orden de exhaustividad: una teleconferencia, una llamada telefónica, un mensaje de audio, un correo electrónico, un mensaje de texto

Los propósitos generales de una reunión presencial, que no satisfacen las otras alternativas, son:

  • Conocerse personalmente para generar confianza – sólo aplica la primera vez que se conoce a alguien y, en tales casos, marca una enorme diferencia, siendo muy desaconsejable cualquier otra opción
  • Disponer de una pizarra sobre la que anotar y discutir las ideas

Si no se cumplen algunos de los propósitos previos, hay que volver a las alternativas del segundo párrafo.

Innovadores que no innovan

Una de las formas más eficaces de detectar a un verdadero innovador consiste en darse cuenta de que éstos apenas hablan de innovación.

Lo que los caracteriza es que están ocupados innovando, razón por la que no disponen de tiempo material para teorizar sobre el asunto. Los innovadores están observando, recopilando ideas, gestionando equipos (o dinero), hablando con clientes,…

Y si disponen de una oportunidad para hablar en público, ¡sin duda hablarán sobre sus proyectos!

Si algo es seguro es que no desperdiciarán ni un solo minuto lanzando ideas generales, teóricas (con la excepción de generar un contexto para a continuación lanzarnos la suya con atrevimiento). Si ves a alguien haciéndolo, es poco probable que esté trayendo ideas nuevas al mundo.

Tenemos demasiado poco tiempo para focalizar nuestra atención. ¿No merece la pena hacerlo sobre las personas que de verdad tienen una experiencia propia que compartir con nosotros?

Castigado por copiar

Con pocos consejos de los que circulan por internet puedo estar menos de acuerdo que con aquel que anima a “copiar, no inventar”.

Copiar tiene el gran problema de que estrecha tanto el campo que, ante cualquier hecho inesperado, hace demasiado costoso virar el timón, adaptar la solución, improvisar.

Crear algo de la nada con verdadera autoría tiene la ventaja de que deja espacio para la flexibilidad y genera el conocimiento suficiente para poder argumentar bien en caso de que la idea sea puesta en duda. Mirar la web del competidor tiene un recorrido muy corto.

Es duro aceptarlo, pero no hay otro camino. Si queremos dejar una huella verdadera, tarde o temprano tendremos que enfrentarnos al folio en blanco.

Mente de principiante

Si consideras que sabes mucho de algo, tus probabilidades de mejorar se reducen dramáticamente.

Esto es lo que les ocurre a los expertos y lo que explica por qué a menudo son las últimas personas con las que hay contar para introducir una innovación.

Por el contrario, si aún teniendo mucha experiencia, consideras que te queda mucho por aprender, entonces estás en el camino para llegar a ser un maestro.

Explorando sinergias

Nuestro tiempo es lo único que en realidad tenemos; razón más que suficiente para emplearlo bien, evitando reuniones que nos hagan perderlo. El problema es que resulta muy difícil saber tras qué matorral saltará la liebre; cuál será el hilo del que, tirando, lleguemos al siguiente gran proyecto.

Sin embargo, éste no es un motivo para aceptarlo todo “por si acaso”. Sencillamente se vuelve ingobernable. Por más que el instinto nos pida explorarlo todo, en algún momento hay que detectar lo menos eficiente y declinar la invitación con toda amabilidad y respeto.

Existen un par de palabras clave, trucos que pueden ponernos en la pista:

  • “Colaborar”: una de las top. Quien habla de ello suele estar diciendo “me suena que lo que haces se parece a lo que quiero yo, pero no tengo la menor idea de lo que busco ni de lo que quiero”. Altamente probable que implique mucho tiempo y poco resultado.
  • “Explorar sinergias”: es similar a la anterior, pero tiene además un componente de posicionamiento duro, tipo “lo que yo tengo vale mucho y quiero ver lo que tienen otros, incluido tú”. No sólo será infructuoso, sino que puede ponerte en peligro de copia o de crítica injustificada.

Ante este tipo de aproximaciones (y otras del estilo), además de rehusar, existe un camino que pasa por pedir por favor un documento que contenga el ámbito concreto en el que llevar a cabo la prueba de concepto conjunta. En el 90% de las ocasiones nunca llegará nada al correo.

Lo normal es que las asociaciones que merecen la pena estén claras: “tú haces esto y yo hago esto otro, que además no se pisan y sucede que los clientes reales con los que YA HE HABLADO están demandando tener conjuntamente; cojamos este proyecto que me han pedido y hagámoslo, a ver qué tal funciona”.

Humanos insaciables

En los desayunos de los hoteles resulta fácil aprender un rasgo de la conducta humana: todo el mundo quiere todo. Todo. Los zumos, los bollos y las tostadas; los cafés, los huevos y las salchichas; la fruta, los cereales y el croissant. Todo. Es nuestra naturaleza. Somos así.

Si vas a enfrentarte a un grupo humano, a diseñar un servicio o un producto para humanos, es buena idea no suponer que la gente se quedará con una parte, que prudentemente elegirá lo que prefiere o lo que más le importa. Si es gratis o ilimitado, muy pocos elegirán renunciar a todo, por lo que más vale prepararse para la avalancha en el buffet.

Tiene usted razón

No está justificado. Ni siquiera aunque tengas razón. Aunque el vuelo se haya retrasado, la garantía no lo cubra o el ticket de compra diga lo contrario de lo de más allá.

La persona que está ahí, de pie, atendiéndote, no tiene por qué soportar otra palabra grosera, recibir los golpes, aguantar los gritos. Tragar con otro numerito.

En primer lugar, porque con alta probabilidad no es la responsable. De hecho, probablemente nadie lo es en concreto. O el que lo es, ni lo sabe. Viene de una inercia, de una estrategia firmada en un despacho en Dublín hace 3 años. Vaya usted a saber.

En segundo lugar, porque el sujeto en cuestión recibe un sueldo miserable por aguantar hora tras hora, día tras día a impresentables, a adolescentes, a hooligans, a señores que realmente están en lo más íntimo convencidos de que a un precio determinado puede obtenerse el derecho a faltar al respeto.

Pero sobre todo, porque a todos nos haces un poco más amarga la vida.

No dudo que hayan fallado; no es eso. Lo que dudo es que te compense empeñarte en que lo sepa el que tienes delante por la vía del enfrentamiento y la rabieta. A menudo, si no siempre, es mejor ser feliz que tener razón.

Recuerdo todas las veces en que no me comporté correctamente y puse a una persona (que estaba, lo mire como lo mire, en inferioridad) en una situación incómoda. Al recordarlos, pienso en que me gustaría tenerlos a todos justo hoy aquí, para poder decirles “lo siento”.

¿Quién vivirá para siempre?

Sencillamente no lo sabemos aún. La inmortalidad es una habitación a la que nos hemos asomado, si bien demasiado oscura para sacar conclusiones sobre lo que hay en ella.

El experto, que conoce los mecanismos moleculares subyacentes, dirá que no. Que es imposible por los fenómenos físico-químicos de aquí y de allá.

Pero el ignorante se pregunta qué impedirá que ese secreto también se domine. Qué razones naturales impiden que podamos parar el proceso, sustituir las piezas, subir la conciencia a un microchip.

Si ocurre, se detendrá la Historia y desaparecerá la Religión, además de hacer todas nuestras leyes y principios socioeconómicos automáticamente inservibles.

Muchos afirman no querer vivir para siempre. Y ciertamente hay buenas razones para ello, pero debemos acordarnos de las personas que, ya muy mayores en la cama de Urgencias, luchan por vivir sólo unas horas más. Si tienes claro que no lo deseas, me gustaría preguntarte qué dirías si cada día pudieras apretar un botón para dejar de existir, por ejemplo, junto a tus hijos o junto al amor de tu vida. ¿Lo apretarías hoy o quizá esperarías a mañana?

Llamando a Shakespeare

Un estupendo ejercicio puede consistir en apagar el móvil en el cine y el teatro, antes de entrar por la puerta.

Si eres despistado y no te has acordado, ¿qué le vamos a hacer?

Pero si eres consciente, es una buena sensación la que se experimenta al ejercer un acto de libertad sobre nuestro impulso, apagando el aparato antes de acceder al templo de la imaginación, al sitio donde uno vive otras vidas y visita lugares en los que nunca estará.

Ya en la calle, cuando vuelvas a encenderlo, serás una persona diferente. Porque eso es lo que tiene el espectáculo cuando es bueno. Te transforma. Y conviene recordar que una fugaz ojeada a la pantalla en mitad de la cuestión hace que toda la magia que se ha construido minuciosamente para ti, simplemente desaparezca.

Ya, sin corbata

Las cosas cambian y cada vez lo hacen más deprisa. Estamos mucho más cerca del punto donde la vestimenta «formal» poco importa.

Si observamos, ya casi no nos fijamos en la coleta, las zapatillas o la corbata. Algo sí, pero mucho menos que antes. Hay demasiadas ideas, demasiado conocimiento que absorber, vídeos que ver, tweets que tweetear,… demasiado para estar pendientes de esos detalles que antes lo eran todo. Y resulta que cuanto más cualificado es el entorno, más llamativo es el cambio.

En realidad, con la mayoría de la gente se conecta con la mirada, la sonrisa y las palabras. Con la ropa puedes relajarte. Ningún cliente va a huir. Ningún socio va a desconfiar. No ese es el motivo. Ya no.

Cuando estés eligiendo la ropa o el peinado y no sepas si sí o si no, tenlo claro. La respuesta es sí.

No son cosas del directo

Si al empezar una charla hay algún problema técnico, es mejor evitar decir que “son cosas del directo”. Esta afirmación informa al público de forma inmediata de que estás nervioso, así que mejor no lo hagas.

De igual forma, no acabes tu presentación con una diapositiva que diga “gracias”. Da una clara impresión de que estás agradecido por el hecho de que se ha terminado el suplicio de estar ahí, de que te sientes aliviado por ello. En su lugar, ofrece tus datos de contacto, lanzando así el mensaje de que estás disponible para futuras discusiones.

Cuenta una historia apoyada por datos, no al revés. Usa anécdotas, ejemplos e imágenes. Si vas a usar datos, explícalos en palabras comunes, anclado en la tranquilidad de estar ofreciendo la fuente. La gente está diseñada naturalmente para las historias, no para los datos. Esto es algo que ya sabes…

Evita las transiciones en las dispositivas, ya que distraen a la gente. Usa diapositivas blancas con letras negras (o lo opuesto si la presentación es larga). No uses dispositivas con colores.

Ajústate al tiempo, ya que es elegante. Si no tienes tiempo, deja las puertas abiertas para el futuro. Como en el cine, a la gente le encanta imaginar lo que podría ser… la próxima vez… porque sabes mucho más de lo que has enseñado.

Sonríe, bromea, empieza con algo inesperado.

Haz muchas pausas hasta exagerar; las pausas transmiten sensación de control.

Un minuto antes de empezar, recuérdate que el hecho de que te estén escuchando representa un privilegio, el cual, de una forma u otra, te has ganado.

Nunca confrontes una pregunta agresiva o malintencionada; simplemente rebótala, dejando claro que es algo en lo que a menudo piensas… haz que suene “relativo”, sin perder la honestidad.

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Mucha gente me pregunta qué se necesita para comunicar bien en público. Por supuesto, como en todas las cosas, hay mucha práctica por medio. Pero también contamos con estas pequeñas reglas, fáciles de seguir, que de forma inmediata nos hacen sentir más cómodos a nosotros… y menos aburridos a los demás.

Felices para siempre

La psicología social ha venido estudiando qué nos hace o no felices. Los resultados son llamativos.

Resulta que cuando se le pide a alguien a quien acaba de tocarle la lotería que prediga cómo de feliz cree que será pasado un tiempo, informa, naturalmente, que lo será muchísimo. Su predicción es sin embargo falsa, porque la intuición le engaña al hacerle olvidar que durante todo ese tiempo que está por venir, también tendrá peleas con su pareja, dolores en la rodilla, atascos en el coche,… y en definitiva todas esas cosas que hacen que la vida no sea tan placentera, sea cual sea el poder adquisitivo con el que se cuenta.

De manera especular, las personas que han vivido una tragedia, como puede ser la pérdida de un joven ser querido, pronostican que serán enormemente infelices. Y adivinen: tampoco aciertan. Por devastador y triste que sea el suceso, obvian que en los años venideros también disfrutarán, de una forma u otra, de acariciar a su gato o de tomar un café con una amiga; las pequeñas cosas que, juntas, hacen que la vida sea algo que merece la pena.

El asunto va más lejos. Como lo disfrutado es el resultado de restarle lo obtenido a lo esperado, las expectativas del inicialmente afortunado están tan altas que en la práctica costará mucho que esté satisfecho con algo. Y exactamente lo contrario le ocurrirá a quien le amputaron una pierna, quien, pone sus expectativas tan bajas, que finalmente acaba descubriendo que su vida es mejor de lo que él hubiese anticipado.

Lo más interesante está en que no podemos juzgar qué hace felices a otros ni tenemos por qué necesariamente sentirnos empáticamente mal por alguien que lleva una vida que a nosotros no nos haría felices. ¡Es relativamente probable que a él o ella sí le haga feliz!