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Llamen a un médico

Casi siempre escribo los micro posts semanas o meses antes de publicarlos. Éste lo escribí antes de saber que venía una pandemia y que aplaudiríamos en los balcones.

Los médicos que nos atienden en Urgencias hacen turnos de 24 horas seguidas. Si la guardia sucede en un día en que el hospital está saturado, pueden llegar a dormir 0 minutos en todo ese tiempo. En esas horas, generalmente deshidratados y con las piernas doloridas, deben atender docenas de pacientes, con sus explicaciones, sus pruebas y sus tratamientos. A menudo certificando alguna muerte, operando a alguien o medicando un ataque epiléptico.

Aunque con frecuencia sentirán miedo al error, así como irritabilidad por el cansancio, muy raramente perderán la calma, ya que la situación en la que se encuentran no se lo permitirá.

No será raro que, terminadas las 24 horas, enlacen con su turno normal y lleguen a encadenar 35 horas seguidas atendiendo pacientes y a menudo sin dormir.

Y sin embargo…

Acudir a Urgencias es un hecho muy desagradable. Las largas horas de espera se suman a la angustia de la incertidumbre. Puede que no lo sepamos, pero en esos momentos lo que más deseamos es tener a un médico que esté satisfecho con lo que está haciendo, de tal forma que se sienta razonablemente cómodo ante el hecho de estar ofreciéndonos su ayuda en un momento tan crucial.

Para contribuir a ese ambiente, tan beneficioso para todas las partes, una buena idea puede consistir en comprender la situación y recordar, en ese preciso instante, que las condiciones físicas y mentales en las que se encuentra quien nos atiende no son en absoluto las ideales.

En nuestra sociedad, la profesionalidad es exigible, pero también lo es la empatía.